Para ir a mi trabajo suelo tomarme tres subtes y combinar en dos estaciones. La oficina no queda a más de sesenta cuadras de mi casa, pero el surrealista tramado del subterráneo de la ciudad de Buenos Aires, planeado para transportarlo a uno como vaca al matadero del microcentro y únicamente al microcentro (salvo por la línea H, que es breve y más o menos inútil, como la letra que la bautiza) me obliga a realizar en 50 minutos algo que en una ciudad con inversiones en el sistema de transporte no me llevaría más de 15.
Quienes nos aventuramos por esas entrañas húmedas y sucias varias veces por semana hemos desarrollado sistemas protectores contra el amontonamiento y el tedio. El número uno es el blackberry, el dos el teléfono inteligente con android, el tres el iPod, MP3 e incluso algún walkman, el cuarto es un libro o revista, el quinto es dormir hasta destino. En el convencimiento occidental y vociferador de que al pasajero (o “commuter” esa voz inglesa que no tiene traducción al castellano y que significa exactamente “pasajero que va a su puesto de trabajo”), decía, en el convencimiento de que a los viajeros nos resulta provechoso poner sobre una pantalla nuestra atención adormilada, han colgado televisores en casi todas las estaciones. Las terminales de la línea H, por ser las más nuevas y macristas, tienen plasmas; sus escaleras mecánicas no funcionan desde hace meses, pero miles de mensajes vienen en pantalla plana. Estos mensajes se clasifican en 1) propaganda acerca de cómo el gobierno municipal y el gobierno nacional se desviven por nosotros; 2) un hombre inefable dando al commuter consejos sobre marketing y 3) publicidades. En las últimas dos semanas he visto dieciséis veces (las he contado) esta infamia:
Y al buscar dicha infamia en youtube para postearla aquí en mi blog, di con su versión extendida:
Nada de qué sorprenderse. Las publicidades siguen apelando al añoso y remanido recurso de asociar un momento placentero con el producto que intentan vender. El momento placentero de la versión corta de este comercial es la noticia maravillosa de que una muchacha se va a poner unas bolsas de plástico sobre sus glándulas mamarias. En la versión larga el momento placentero es el mismo pero el asunto se sofistica, porque apela a nuestras inevitables asociaciones cerebrales: los imaginamos acostados frente a la tele con ojos de ciervo encandilado mirando esos programas que ya todos conocemos. Lo vemos a él diciendo (mintiendo) que no le gustan esas vedetongas siliconadas y a ella asintiendo con la cabeza y por dentro retorciéndose en el enorme deseo silencioso de querer ser como ellas. Mantener en secreto un deseo es no ser libre. Reprimirlo es no ser libre; eso, al menos, parece ser lo que han enseñado a estos creativos publicitarios los discursos liberales. La publicidad nos muestra cómo la chica se hace libre rebelándose ante su pareja y aceptándose a sí misma en la difìcil pero necesaria decisión de ponerse tetas. Él en cambio, guardará para siempre el secreto de preferirla con siliconas. Un secreto masculino, un secreto compartido y aceptado. Un secreto en el que todos los machos argentinos, dice la publicidad, se identifican.
Me tiene sin cuidado que la gente se quiera poner tetas. Me parece feo, me parece que por cosas así y desde luego peores, pero también por cosas así, Melancholia va a terminar destruyéndonos. Pero entiendo que es el terreno de la elección personal, etc. Ahora bien, lo que no termino de comprender es que los creativos publicitarios detrás de la promoción del Fiat Palio crean que verdaderamente pueden seducir hoy a las personas en la compra de un automóvil con un ardid en el que el automóvil no aparece nunca. En estos tiempos de hiperinformación, inflación y crisis, ¿de verdad alguien va a asociar a un gordito hipócrita con un buen vehículo? ¿De verdad va a asociar los deseos de una chica por parecerse a las vedettes de la tele con un buen vehículo? Porque ya habrán visto que el auto no aparece por ninguna parte. Es una abstracción. Y para trabajar sobre esa abstracción tienen que haber hecho algún tipo de estudio serio para creer que así venderían autos, algún focus group, alguna encuesta cualitativa que dio como resultado que la manipulación artificial de un cuerpo y el supuesto placer asociado a ello iba a devenir en mejores ventas. No veo la relación por ninguna parte, pero debe estar por ahí, poniendo luz sobre un nicho del imaginario argentino lo suficientemente inmenso como para que sea plausible cambiar todo un auto por un hombre zambulléndose entre un par de tetas de silicona.
Me da igual que esa boba se quiera poner tetas y le parezca importantísimo, lo que me parece escandaloso es que en ese focus group de machos las palabras que surgieron fueron seguramente “libertad” “minas” “deseos cumplidos”, y que los capos creativos de esa firma, a partir de esas expresiones, inventaran el miserable, quirúrjico y misógino resultado de “ponerse lolas”. Peor aún, que el sentido de un “presente perfecto” sea ese. Si ese nicho del imaginario argentino existe o es imaginario termina siendo lo de menos porque de todas maneras se apela a él.
Como dice Joan, el personaje más inteligente de Mad Men, acerca de los machotes en general y los publicistas en particular:
Pareciera finalmente adrede que nos bombardeen con esa publicidad en las estaciones de subte. Si a los creativos detrás del comercial de Fiat les hubieran propuesto el diseño del sistema de metro de la ciudad de Buenos Aires, habrían trazado el mismo dibujo unidireccional, inútil y conservador que tiene hoy. Y lo habrían llenado de plasmas en lugar de arreglar las escaleras. Caricaturas, siempre caricaturas.
Espero de corazón que no vendan ni un auto.






El 12 de septiembre de 2001, el diario francés Le Monde titulaba Nous sommes tous Américains; una declaración de solidaridad con los estadounidenses, en momentos en que sufrían el peor shock colectivo de su historia. No que no hayan sufrido otros, pero los ataques del día anterior no se comparan a nada visto hasta entonces. Diecinueve hombres secuestraron cuatro aviones comerciales; estrellaron dos contra las Torres Gemelas, otro contra el Pentágono, y un cuarto cayó en Pennsylvania en circunstancias confusas, cuya versión oficial es que los cuarenta pasajeros tomaron control del avión y se inmolaron antes de alcanzar la Casa Blanca.




Una amiga argentina, residente en Bilbao, ha mandado este correo:




