Psé, yo también me estreso en los museos. Siempre me da un no sé qué en la panza cuando meto las manos a los bolsillos y rozo las llaves de casa, con las que tan sencillamente podría arruinar “Las damiselas de Avignon” o “Las meninas” o ¡ups! perdón, y un Rodin al suelo o qué barbaridad, me pasé con el vino tinto y derramé un poco sobre la obra vedette de la inauguración y así. El Guernica tiene a dos mujeres con faldita azul y camisa blanca flanqueándolo. Ellas están pensando en cualquier cosa; están fritas de ese cuadro y de las multitudes y los tours y los contingentes de estudiantes y muy especialmente de los sujetos que pontifican ante la obra. Están fritas de no permitir que la gente se siente en el piso o se acerque a menos de 3 metros. “Noche estrellada” de Van Gogh tiene a un policía a su izquierda, y la colección más oscura de El Greco, en El Prado, tiene de cuidadora a una simpática y correcta mujer con anteojos y trajecito. Es un trabajo extraño. Si una persona destinada a cuidar determinada obra de arte no tiene ninguna sensibilidad artística -puede pasar-, ¿qué opinará de su trabajo? ¿Qué piensa sobre tanta gente embelesada ante la obra que él o ella mira sin interés y eventualmente con rencor cada mañana? ¿Y qué tan rápida sería si pasara un loco por allí con su manojo de llaves y se arrojara de repente sobre la obra? Yo también estaría estresada y pediría aumento de sueldo si fuera una de esas personas. De todos modos me pregunto cuánto ganarán, y quiénes ganarán mejor, ¿Louvre, Prado, Reina Sofía, Metropolitan, Moma…, Malba?
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