
El caso de los denominados “niños borrasca” probablemente se remonte a los tiempos del imperio astro-húngaro, cuando el pequeño Heinz Bekunin se vio sin querer envuelto en una masiva estampida de eslovenos mientras repartía golosinas a sus compañeros de juego. Los registros de su hermana mayor, dueña de un dispensario de alimentos, dan cuenta de la experiencia: “Heinz sustrajo peladillas y bastones de anís de la vitrina de mi pequeño negocio de la calle K. aprovechando mi diálogo con la señora Taaffe. Debo decir que no era la primera vez que el diablo de Heinz me robaba resguardándose en la sombra que el enorme trasero de la Taaffe proyectaba sobre el escaparate. Si bien me di cuenta del hecho, no reprendí a mi hermano porque era la víspera de su cumpleaños. Unos instantes después se oyeron gritos y corridas y ambas quisimos ver qué ocurría. Unos 100 eslavos, incluyendo al joven Farkas, que alcanzó a lanzarme un beso con la mano mientras yo me empeñaba en desatorar a la señora Taaffe del marco de la puerta, corrían calle abajo al grito de ‘¡Abajo Auersperg!’ No vi a Heinz por ningún lado y temí que su pequeño cuerpo hubiese sucumbido al paso de los manifestantes. Sin embargo, cuando éstos se alejaron, pude distinguir a Heinz erguido e ileso en el centro mismo de la calle. No parecía haber notado lo ocurrido, salvo por el hecho de que sostenía las manos repletas de golosinas en alto, en un evidente esfuerzo de protegerlas de los empujones”.
No obstante este impopular precedente, la secreta institucionalización de los niños borrasca llegaría varias décadas después. Su primer responsable intelectual fue Gilles, fanático parisino de los Rolling Stones durante los ’80, quien, a la edad de 18 años, le ofreció un trago de su agua mineral a una atractiva joven que tarareaba “Angie” en una presentación en vivo de la banda. Los lentos compases de la canción no evitaron que Gilles perdiera el equilibrio entre la multitud y volcara el agua encima del cabello de la chica, lo que le valió una masiva golpiza de los muchachos que la acompañaban, infiltrados fans de Motorhead. Recuperado de su hospitalización, Gilles mantuvo una reunión secreta con el Ministro del Interior, quien tras intenso diálogo, tres botellas de vino y la promesa de conseguirle el teléfono de la chica que tarareaba “Angie”, accedió a crear en el ala izquierda de la neonatología de P. el primer proyecto piloto de lo que se denominó entonces “chicos sostén”. Tras intenso diálogo y tres botellas de vino, los padres primerizos accedían a colocar vasos en las manos de sus bebés, bajo la atenta mirada de Gilles, quien, provisto de un cronómetro y ajeno al bullicio dado por las apuestas que comenzaron a correr entre los padres, hacía anotaciones diarias en su libreta gris. Al cabo de un mes comprobó que sólo Sebastian, un niño de complexión robusta, era capaz de sostener su vaso por más de tres segundos seguidos. “Esto no marcha”, solía suspirar Gilles por los pasillos, sin que los familiares presentes, embargados ya en partidas de dados y chanzas de todo tipo, le prestaran atención alguna.
Fue la agudización de la Guerra Fría, unos meses después, lo que dio el impulso definitivo a la idea de Gilles. Un contraespía norteamericano, vestido de enfermero, que investigaba la actividad comunista en la neonatología de P., se hizo con la libreta gris del joven mientras éste jugaba “Simón dice” con los padres de Sebastian. Al comprobar que, salvo el teléfono de una tal Anne Marie la libreta carecía por completo de interés, secuestró a Gilles y lo interrogó en el cuarto de la limpieza. So pena de apropiarse de su camiseta de los Rolling Stones, le hizo confesar los alcances del proyecto. De vuelta en Estados Unidos, este hombre, a quien llamaremos en adelante Mike, abandonó el espionaje y creó en Miami el Primer Centro de Atracción, Elección y Entrenamiento de Niños Sostén del mundo, que se vino abajo el día de su inauguración tras el paso del huracán Henrietta. Ante el desastre y casi vencido, alquiló para distraerse “El Imperio Contraataca” con el poco dinero que le quedaba. Las sabias palabras de Yoda “Usa la fuerza, Luke” convencieron a Mike de que podría utilizar los caprichos de la naturaleza a su favor. Esa noche en individual ceremonia, rebautizó el proyecto de niños sostén al más apropiado de “niños borrasca”. A la mañana siguiente telefoneó a Anne Marie quien se trasladó de inmediato, junto con los fans de Motorhead, a Miami. En la primera sesión de brain storming llegaron a la conclusión de que los escasos 20 dólares y 18 centavos que habían reunido entre todos no alcanzarían para levantar de nuevo la institución. La idea de Anne Marie de redactar un informe y elevar un proyecto al Congreso para que se incluya la selección de niños borrasca en el presupuesto nacional de 1986 tuvo gran acogida en el grupo, pero fue rechazado por la cámara de diputados por contener “vergonzosas faltas de ortografía”. Decidieron, pues, volcar sus esfuerzos hacia el ámbito privado. Tamaña decisión requería en primer lugar una investigación de mercado, por lo que hicieron un detallado relevo de todos los recitales a tener lugar en Miami, Seattle, Washington D.C. y Nueva York. A Paul, quizás el más aguerrido de los amigos de Anne Marie, no le hizo gracia tener que asistir a la presentación de Michael Jackson. Salvo su incontenible llanto y la seguida comprobación de que no contaban con dinero suficiente para viajar a ningún lado, la investigación fue un éxito. Mike asistió emocionadísimo a la popular de Mike and the Mechanics en el Civic Center de Miami y pudo comprobar en carne propia lo que Gilles le dijera en el cuarto de limpieza, casi un año atrás: “El expendio de bebidas es un desastre. Necesitamos hombres que puedan hacerlo”
Fue así como convocaron a las firmas de bebida cola más importantes del mundo, y no fue poca su decepción al comprobar que sólo dos respondían al llamado. Sin embargo, con los aportes y el entusiasmo de ambas, que acordaron no competir salvajemente hasta que la primera generación de chicos borrasca estuviese lista, se reestableció el instituto que recibió el curioso pero comprensible nombre de “Mike and his mechanical project”. Con semejantes inversores no fue difícil llegar a instancias gubernamentales, con lo que finalmente se instauró a nivel nacional la Prueba Infantil Obligatoria (IOT por sus siglas en inglés) para la selección de chicos borrasca. Inspirados en las primitivas ideas de Gilles, sus gestores dieron rienda suelta a una creatividad más osada al diseñar bandejas que, aferradas desde su centro con una sola mano, pudieran contener a la vez veinte vasos de bebida cola.
La Prueba Infantil Obligatoria consistía en lo siguiente: el patio trasero del instituto se diseñó de manera tal que no estuviera al resguardo de los fuertes vientos tropicales. Cuando el niño o niña estaba en edad de caminar, se lo depositaba en el centro del patio con la mencionada bandeja sobre alguna de sus manos y se le pedía que caminara hacia sus padres (por quejas de organismos de derechos humanos, no se permitió llenar los vasos durante las pruebas ni realizarlas durante huracanes que superaran el grado 2). Hay que decir que sólo una ínfima minoría concretaba el objetivo, pues casi todos tropezaban al dar el primer paso, ya sea porque el viento los tumbaba o por alguna imperfección del suelo. Tales chicos eran despedidos de inmediato. No obstante, aquellos que sólo veían alterado su peinado, pues ni su gesto se veía influenciado por las particularísimas circunstancias, y que caminaban impávidos hacia sus progenitores, eran separados y entrenados, prácticamente desde su nacimiento para formar las flamantes huestes de chicos borrasca.
Años después los chicos borrasca se han globalizado. En cualquier lugar del mundo en el que tenga lugar un recital de rock, van con su bandeja, ora de una firma de bebida cola, ora de otra, sorteando la muchedumbre sudorosa, adentrándose en sitios que hasta los jóvenes menos uiciosos se niegan a pisar. Las conocidas avalanchas no parecen tocarlos, el mosh y el pogo no los intimidan. Valientes persiguen ese único objetivo de vaciar la bandeja para llenarla de nuevo. Como Heinz con sus bastones de anís, poseen un don primigenio que sólo unos pocos pudieron avizorar, y otros tantos supieron explotar comercialmente. No sólo la saciedad les debemos, sino también un eximio ejemplo de templanza y sobriedad.
En una próxima entrega: De por qué los chicos borrasca siempre tienen cambio.
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5 respuestas hasta el momento ↓
cecilia // Marzo 17, 2007 a 1:00 p03 |
seeeeeeeeeee!!!!! nuestro pergeño tormentoso ya está dando vueltas por la escena web!!!, yo quiero saber ahora por qué siempre tienen cambio..jajajajjajaja
Ana // Marzo 18, 2007 a 1:00 p03 |
La verdad que no sé por qué siempre tienen cambio. Tendremos que ir a otro recital para averiguarlo.
Cristian // Marzo 23, 2007 a 1:00 p03 |
Aunque no entiendo muy bien por qué los niños borrasca se llaman niños borrasca, quisiera arriesgar una hipótesis a la pregunta sobre el cambio inagotable de que disponen estos seres.
Evitando cualquier respuesta mágica –bolsillos sin fondo, monedas multiplicadas-, uno debe pensar que sacan las monedas de algún lado. Admitido esto, uno debe pensar cuál es este lugar. Aquí viene el problema. Con el nuevo sistema de transporte, ya no hay monedas. Sólo se consiguen en los bancos, luego de pagar un porcentaje de lo que se cambia. Pero se sabe que los niños borrasca son muy poco propensos a pagar por nada. Es más: considerando el precio de sus bebidas en los recitales, podría decirse que son más propensos a la estafar que a ser estafados.
Creo haber encontrado una explicación o, al menos, la punta del iceberg. Caminando el viernes por la calle San Martín, pude ver a un niño borrasca –bastante entrado en años él- acercarse furtivamente a una estatua viviente distraída. De pronto, y con un rápido movimiento, el niño borrasca se apropió de la latita en la cual las estatuas vivientes recolectan las monedas que reciben como pago de su inactividad. Se alejó rápidamente, sin soltar jamás sus gaseosas y sin atender a los numerosos improperios que la estatua, caracterizada como Martín Fierro, le lanzaba.
No sé si será este un caso aislado. Creo que es una solución posible al problema… Las estatuas, al estar todo el santo día quietas, no podrían reaccionar lo suficientemente rápido y serían presa fácil de los niños borrasca… Además, esta hipótesis serviría para explicar por qué las estatuas vivientes y los niños borrasca se llevan tan mal desde el inicio de los tiempos… habrá que investigar.
Ana // Marzo 23, 2007 a 1:00 p03 |
¡Nunca lo hubiera creído! Es que tampoco ha de ser fácil ser un auténtico niño borrasca en ciudades donde no hay muchos recitales fuera de Chancho Va o Glamour (je je), en los que, desde luego, no se necesitan niños borrasca para el expendio de bebidas. Otra cosa son los partidos del Tomba o Karamelo Santo. Ahí sí ha tenido que echarse mano de las habilidades de los niños borrasca, aunque se ha sabido de una que otra estatua viviente que ha copado sus fuentes de trabajo, apersonándose al predio, ¡y con bandeja propia! No hacen un mal trabajo, hay que decir, pero según encuestas, incomodan a los asistentes al ponerse a hacer poses ridículas mientras esperan la paga.
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