Nota publicada en revista Ñ, Buenos Aires, 22/09/2007
El 21 de septiembre de 1937 J.R.R. Tolkien publicaba su primera novela, “El Hobbit”. Este pequeño pero sorprendente personaje y sus aventuras han habitado desde entonces en la imaginación de generaciones enteras, convirtiéndose en un clásico de la literatura fantástica. Aquí recordamos la fascinante histoira detras del autor y esta obra.
Tenía una esposa y cuatro hijos que mantener y su posición de filólogo y profesor de anglosajón en Oxford no lo libraba de la necesidad de emplearse en tareas nada gratificantes, como la corrección de los exámenes que los estudiantes británicos debían rendir para graduarse del secundario. En esto se ocupaba J.R.R. Tolkien una tarde de verano, cuando se topó con la hoja que un alumno desaplicado había dejado en blanco. La observó unos instantes y sobre ella escribió en un impulso: “En un agujero en el suelo vivía un hobbit”.
Muchos años después, cuando el éxito de El Señor de los Anillos le permitió prescindir de engorrosos trabajos independientes, Tolkien diría: “Siempre que escribo, empiezo por un nombre. Deme un nombre y éste produce una historia; no al revés”. Por eso, tras garrapatear aquella frase en una fecha que nunca pudo precisar (aunque seguramente fue después de 1930), este austero profesor inglés, que llevaba una rutinaria vida académica y familiar, que viajó muy poco en su vida y que nunca hizo nada extraordinario, salvo la cosmogonía más impresionante y acabada de la fantasía moderna, decidió esforzarse por descubrir qué era eso llamado “hobbit”.
La tarea no le llevó mucho tiempo: el manuscrito original fue escrito con fluidez y sin interrupciones, como lo indican su uniformada caligrafía y el empleo de la misma tinta y tipo de hojas. Pero lo que empezó como una historia para entretener a sus hijos (Tolkien solía improvisar cuentos cuando estaban insomnes y cada navidad escribía elaboradas cartas haciéndose pasar por Papá Noel), terminó conectándose con la compleja mitología que había comenzado a perfilar hacia 1915. A medida que meditaba sobre las aventuras del pequeño y aburguesado hobbit, al que bautizó Bilbo Bolsón, se dio cuenta de que su lugar de residencia, “La Comarca”, bien podía situarse en la Tierra Media, cuya génesis ya había relatado en el Ainulindalë, la primera parte de El Silmarillion, que Christopher, su tercer hijo, compilaría y publicaría en 1977.
Es difícil no perderse en explicaciones acerca de esta vasta y compleja obra, que da cuenta de la erudición lingüística de Tolkien, su inteligencia poética, su admiración por las sagas nórdicas y también de su profunda religiosidad. Baste decir que allí se relata la creación de Arda, el mundo destinado a los hijos de Eru o El único, que eran los elfos y los hombres. Para Tolkien ese mundo no es otro que el nuestro, pero no en una era remota, sino en un “estado diferente de la imaginación”. El Silmarillion narra los acontecimientos de las llamadas Primera y Segunda Edad del Sol. El Hobbit y El Señor de Los Anillos se sitúan en la Tercera, y la destrucción del “anillo único”, artífice del poder maligno que habitaba en Arda, inaugura la Cuarta Edad o la del dominio de los Hombres.
“¡No queremos aventuras, gracias!”
En ese agujero en el suelo vivía el respetable Bilbo Bolsón, hobbit acomodado y soltero, nacido el 22 de septiembre (sí, un día como hoy) del año 2890. Era amante, como todos los de su especie, de la buena mesa, las huertas y la tranquilidad. En realidad más que en un agujero vivía una amplia casa que penetraba en la ladera de una colina, y que se conocía como “Bag end” o “Bolsón cerrado”. Tolkien extrajo el nombre del apodo que los vecinos daban a la granja de una tía suya en Worcestershire, y, en efecto, ese verde condado fue el que inspiró la geografía de La Comarca.
Tolkien describe a los hobbits como “gente menuda de la mitad de nuestra talla”; bonachones, más bien regordetes, de pelo rizado y no usan zapatos, pues la piel de la planta de sus pies, acostumbrados a la vida campestre, es gruesa como una suela. El origen de este pueblo no queda muy claro, pues conservador como era, se mantuvo al margen de la historia hasta que Bilbo decidió salir de La Comarca para acompañar a trece enanos a recuperar el tesoro robado por el dragón Smaug, lejos, al norte. Quien embrolla a Bilbo en esta aventura, por completo ajena a sus intereses, es el mago Gandalf (al que originalmente había llamado Bladorthin). Éste promete a los enanos que el pequeño y en apariencia inútil hobbit les brindará una ayuda inapreciable. Y, en efecto, lo hace. “Los hobbits son simples campesinos ingleses”, diría más tarde Tolkien. “Pequeños de tamaño, porque esto refleja el alcance generalmente escaso de su imaginación, aunque de ningún modo su poco valor o energía latente”. Es así que El Hobbit o Historia de una Ida y una Vuelta relata, sobre todo, cómo la pacífica y autocomplaciente vida de Bilbo se transforma en un viaje hacia los rincones no explorados de sí mismo.
En 1936, la novela estaba inconclusa y encajonada, y aparte de la familia, pocos sabían de su existencia, como el escritor C.S. Lewis, que la había encontrado “deliciosa”. Fue gracias a una antigua alumna de Tolkien que el manuscrito llegó a una colaboradora de la editorial Allen & Unwin quien pidió –y consiguió- que el autor lo terminase. Pero no fue su opinión ni la de C.S. Lewis las que decidieron a la editorial a lanzarse con el libro, sino la crítica del hijo de su presidente, Rayner Unwin, de 10 años, quien cobró un chelín por ese trabajo. Rayner escribió que las aventuras de Bilbo eran “emocionantes” y que el libro “debería gustar a todos los chicos entre 5 y 9 años”. El Hobbit no tardó en cruzar el Atlántico y convertirse en un best-seller. Ha sido traducido a más de 40 idiomas y vendido millones de ejemplares. Pocos lo saben, pero la primera edición en castellano no fue la española de Minotauro, publicada en 1984, sino una argentina publicada 20 años antes por Fabril Editora. Se llamó El hobito y hoy es prácticamente inconseguible. La traducción, si bien correcta en general, no fue recibida de buen grado por Tolkien: allí a los trolls se los llama enanos, a los enanos, gnomos, y a los trasgos, duendes. Sin embargo vale decir que las correctas o más precisas denominaciones castellanas sólo podían ser alcanzadas si se estaba muy familiarizado con las fuentes lingüísticas de la cosmogonía de Tolkien, algo que en 1964 y desde tan lejos, no parecía del todo viable.
Mucho más que una ida
Los elementos concretos que unen a El Hobbit con la saga mitológica que en paralelo elaboraba Tolkien no abundan en la obra. Sólo tras la publicación de El Señor de los Anillos se comprende la importancia que en el destino de la Tierra Media tendría la aventura que a regañadientes emprende Bilbo, pues es él quien encuentra el anillo único, en la hedionda cueva de la criatura Gollum. “Que la devolución del anillo sea el motivo”, escribió Tolkien a manera de recordatorio al pie de una página, resolviendo cómo continuar la historia de los hobbits, que Allen & Unwin solicitaba. Así que finalmente ese anillo, que Bilbo usa con inocencia en El Hobbit, es la maligna raison d’être de la saga posterior, escrita esta vez para un público adulto y ya por completo conectada con el todavía inconcluso Silmarillion.
A 70 años de su publicación, comúnmente se le atribuye a El Hobbit la responsabilidad de ser lo que hay que leer antes de emprender la famosa trilogía. Pero felizmente para él, goza de una merecida independencia. En cierto modo, es un alivio que Tolkien no estuviera muy seguro del lugar que terminaría ocupando en su narrativa mientras lo escribía. De haberlo sabido, quizá buena parte del humor y la frescura infantil de esa obra se hubiesen perdido en el muy admirable perfeccionismo y detallismo histórico que en el resto de su mitología desplegó el autor; un autor que llevaba la misma vida plácida de Bilbo, pero que a diferencia de éste no necesitaba de magos o enanos para emprender una aventura, sino de una sola palabra que despertara su extraordinaria imaginación.
4 respuestas hasta el momento ↓
cuquis // Septiembre 25, 2007 a 1:00 p09
Yo sé que vas a querer matarme cuando leas este post, pero la cuestión es que….odio a los hobbit, elfos y todos los bichos que vienen en el señor de los Anillos y que venden, convertidos en ceramicuchas del Bolsón y otras zonas cubiertas de bosques, volviéndose lapiceras, adornitos, y demás diminuteces. Lo sé, soy básica.
Ana // Septiembre 25, 2007 a 1:00 p09
No te preocupes Cuquis, no te quiero matar. Total que mi mamá siempre dice cosas parecidas: “no me gustan las películas de disfrazados”, dice. Si tenés un hijo, igual, dejá que tía Ana le lea El Hobbit.
Un año « Felices juntos // Febrero 5, 2008 a 1:00 p02
[...] justamente en el primer post, escrito desde Nueva York. Qué épocas. También se busca mucho esto, esto, y esto otro. Acá no entra nadie, creo que ha sido el post más [...]
Bertita // Febrero 8, 2008 a 1:00 p02
Querida Ana, te pesqué hablando “cosas” de mí.
Un beso de ida y vuelta a Plutón
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