Decidí declararle la guerra a Guillermo esa noche que vino a casa a cenar. No bien llegó me arrepentí de haberlo invitado y me entraron ganas de empujarlo fuera. Intenté demorarlo mostrándole un marfil que no sé quién había arrancado de una tecla del piano pero fue inútil: como un bólido se apresuró a la cocina. “¡Trágalo tierra!”, pensé fuerte, pero nada sucedió. Al saberme abandonada por las fuerzas de la naturaleza, intenté desandar el resorte humillante que me había impulsado a agasajarlo de ese modo. No era una fecha conmemorativa de la relación (nosotros no teníamos tales mecanismos de registro mundanos); tampoco era su cumpleaños, ni el día de San Guillermo. Toda la tarde, sumisa y atenta como si me controlara algún verdugo, me ocupé en preparar una picada por la que había desembolsado alrededor de treinta pesos cuando, se sabe, vivo en economía de guerra para mantener a raya a los acreedores de gas y luz. Pero ya era tarde, Guille entraba a la cocina y observaba azorado la cantidad de exquiciteces que yo percibí en ese instante como mi corazón, mi hígado, mis riñones y todo el envoltorio de mi desnudez allí decorados sobre bandejas de madera. Perdí inmediatamente el apetito. Serví los platos y el vino con descuido y mentí cuando dije que lamentaba no poder ofrecerle ningún postre porque había estado muy ocupada conversando con “una gente” acerca de “algunos proyectos interesantes”. Él no cesó de hacer comentarios sobre lo rico que estaba todo, sobre lo linda que estaba yo, sobre lo maravillosa. Entretanto, yo repetía hacia mis adentros “ahí saborea mis entrañas”, “ahí engulle mi dignidad”, “tremendo glotón, cuánto te he ofrecido”. No sonreí ni le di las gracias, vamos, ha venido a comerme y todavía tengo que darle las gracias, pensaba, y por eso, a pesar mío, no hablé mucho. Imprevistamente, a la medianoche, Guillermo se levantó para irse. Fue como una bomba de estruendo explotando en mi oído medio; algo dentro mío se rompió y todos mis miembros quedaron laxos al tiempo que se me ablandaba la quijada.
- ¿Te vas?- pregunté, sin poder reprimir la desesperación.- Sí – respondió, encogiéndose de hombros.- Pero… no te vayas.Tomé su mano y la retuve tanto como mi miembro caído lo permitía. Con la otra, Guillermo se puso su sombrero negro y quise escupir sobre ese sombrero y sobre su chaleco y sobre sus zapatos y sobre todos esos detalles que me cautivaban irremediablemente.- Tengo un compromiso, ¿qué querés que haga?-. Se inclinó, besó mi frente, y así nomás se fue.Así nomás se fue y entonces decidí declararle la guerra. No se trataba de una empresa fácil; era preciso ser cauta y no dejarle saber que me había convertido en el enemigo. Estrategia era lo que necesitaba, por eso comencé un cursillo de ajedrez. Quien gasta en picada puede también gastar en cursillo de ajedrez con tal que no gaste en picada, pensaba, y así me tranquilizaba. Las decisiones se toman en serio, o no se toman. Paralelamente a mi lento y tortuoso aprendizaje de enroques y defensas sicilianas, elaboré un plan más sutil, tendiente a bajar la guardia de mi Guillermo de a poco y sin que lo notase. Por eso comencé a llamarlo “Yermo” en lugar de “Guille”. Él no decía nada porque siempre estaba dispuesto a no darse por enterado de leves cambios a su alrededor (por encima de todo presumía estar), pero yo sé que el nuevo mote debió impactarlo profundamente. De hecho, un día me confesó que cierto individuo que lo ayudaba en su trabajo tenía una personalidad algo “árida y lacónica”, calificativos con los que nunca se había expresado y que ponían de relieve la mella que estaba causando mi pequeña y oculta batalla.Por ese entonces yo trabajaba en un programa de radio, comentando las últimas películas en cartelera. En nuestra pequeña ciudad sólo una sala llevaba a cabo la ardua empresa de ofrecer cine europeo. Guille era asiduo asistente de tal sala, y por entonces llegó un ciclo de Otto von Wilder, autor que él respetaba más que a su propia madre. Para la crítica de “Prelude” desplegué mi segunda estrategia, que consistía en odiar la película primero, y criticarla duramente utilizando palabras que comenzaran con las letras del nombre de mi beligerante después. Así, ante el micrófono, dije: “Prelude no fue de mi agrado, me causó una Gran úlcera interna la lentitud, ergo, realmente mala, ostensiblemente. Yo esperaba realmente más de Otto, ¿saben? Yo estuve relativamente mirando optimista la película, mas orgullosamente repito, inmutable, ¡rayos! ¡Abandonen la sala!”En vano resulta aclarar que matarlo estaba lejos de mis planes; más bien deseaba sinceramente que mantuviera la vida salva por el mayor tiempo posible, de manera que saboreara durante años la amargura de las humillaciones por mí inflingidas, y que mi recuerdo lo atenazara de modo que no pudiera llevar a cabo ninguna acción, por más mínima, sin sentir mi ojo amenazador lamiéndole la nuca; sin temer que la consecuencia de cualquiera de sus actos lo arrojaría irremediablemente al pozo de desesperación en el que alguna vez yo lo había sumergido.Por esto era preciso atacarlo desde todos los frentes a la vez. Continué empleando recursos similares tras el micrófono, hasta que una advertencia de mis compañeros me privó de mi pequeña pero eficaz batalla mediática. Practiqué la firma de Guille hasta que en nada se diferenciaba de la original y así fue como vía correo lo suscribí a un sinfín de revistas para adolescentes y pescadores. Eran tantas que tuve que pasarme sin gas casi dos meses, pero valió la pena. Si bien nunca comentó nada, recibir lluvias de revistas inútiles debió haberlo atormentado sensiblemente, al igual que mi idea de llamarlo por teléfono y cortar algunas veces al día, distrayéndolo así de sus quehaceres cotidianos. Sin embargo, mi detallada grilla de tácticas se desvió imprevistamente cuando una amistad me confesó haber visto a Guille una tarde en la plaza, de la mano de una mujeruca sin gracia, la cual conozco. Vislumbré entonces los errores que había cometido durante el curso de mi batalla silenciosa: tan ocupada había estado en llevarla a cabo que olvidé por completo eso de que al amor hay que alimentarlo. Me debatí en incesantes cavilaciones nocturnas acerca de lo que era preciso hacer. Sin saber si quería conquistarlo bélica o amorosamente me la pasé tardes enteras. Finalmente tomé una decisión que hasta el día de hoy me parece la acertada. Vamos, a mí nadie me cambia por una mujeruca sin gracia.
Volví, pues, a invitarlo a compartir mi mesa. Accedió de inmediato, y bien perfumado se presentó a las nueve con una botella de vino. Se apresuró a la cocina nuevamente y allí no encontró nada. Yo me limité a sonreír, y a mantenerme algo lejos para que pudiera apreciar el atuendo que llevaba, y que consistía en una falda de algodón larga y vieja, un suéter apelmasado y unas chinelas rosadas. Mi cabello, que se encontraba discretamente apretado en un rodete al momento de recibirlo, se reveló grasoso y despeinado al momento de soltarlo. Una verdadera porquería, resultado de once días de privación de agua. La intención era espantarlo, y creo haberlo conseguido a pesar de su rostro inexpresivo al momento de dejar caer mi pelo sobre los hombros. Como si recordara de pronto, dije “Ah, sí, la cena”. Enchufé la tostadora, corté algo de pan y una vez dorado lo unté con manteca. Eso le ofrecí y él en nada modificó su actitud pasiva: haciendo caso omiso de mi deliberada falta de delicadeza culinaria, procedió a buscar el sacacorchos. Yo había previsto dos planes diferentes según su reacción ante mis tostadas. Si osaba regañarme y echarme en cara la insipidez de la comida, yo le habría dicho que en nada se diferenciaba de su última conquista amorosa, ni de su yermo espíritu y lo habría empujado fuera. Sin embargo, y como he expuesto, elevándose sobre lo que él consideraba la humanidad toda, tranquilamente me refregó en el rostro que le daba lo mismo comer cualquier cosa. Así, pues, me disculpé y corrí a mi habitación, dispuesta a llevar a cabo mi última batalla, desplegando mi final y desesperada estrategia. Podía escucharlo descorchando la botella de vino y abriendo las alacenas en busca copas. De mi vestidor saqué una corona que primorosamente había confeccionado con papel y flores secas y la coloqué sobre mi cabeza. Cambié la falda y el suéter por un vestido de reina y las chinelas por zapatos de charol. Él me llamaba, que brindáramos y que se quedaría conmigo toda la noche. Abrí la puerta y conseguí apagar las luces antes de que saliera de la cocina. El diseño cuadriculado del piso del comedor me venía de perillas para el siguiente paso. Encendí una vela, y me regocijé ante su rostro de incredulidad, de tonto que no entiende, tan flaquito y bobo con dos copas en la mano, mientras yo caminaba paso uno, paso dos, derecha izquierda en una misteriosa danza por la que había estado desembolsando treinta pesos, y no tuvo tiempo de preguntarme qué ocurría, pues de mis bolsillos disimulados tras finos encajes rojos extraje las piezas amigas que tanto me habían enseñado, y se las arrojé sin piedad una a una, de mármol eran y las dos primeras dieron en las copas, quebrándolas, el resto ya no sé; un caballo le dio en la frente, él corría hacia la puerta y el rey le dio en la espalda, dos peones en los tobillos, otro caballo en la nuca, una a una se rompían al caer. Me reservé la reina para el final, pero ya no valía la pena, como un bólido corría calle abajo. La guardé como símbolo de mi triunfo, y desde esa noche se yergue invencible sobre mi mesita de luz.
Este cuento fue publicado en una antología de poesía y narrativa de chicas argentinas, Ed. Protocultura, Mendoza, 2003.
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