Me escribe mi amiga V. que vive en Santiago de Chile:
Me pueden creer que ayer me bajé del metro en una estación cualquiera, muy lejos de mi casa y del asado al que iba, y como no venía el micro me puse a conversar con una pareja que estaba ahí. Los pibes llevaban mil horas esperando y estaban fastidiados. Yo decidí tomarme un taxi y me bajó la solidaridad de los que esperan mucho, así que les pregunté si querían que los llevara, que no me costaba nada porque quedaba en mi camino, pero me dijeron que no (para mí que mi amabilidad les inspiró desconfianza). Lo gracioso fue que me volví a las 3:30 de la mañana con una pareja que me llevó y pasamos a dejar a un chico que vive en Francia y que está acá, y que nos dijo que lo dejáramos en una esquina cualquiera, onda muy lejos de mi casa y del lugar del asado… Cómo les explico… en otro extremo de Santiango y cuando salgo del auto para que se baje el francés, veo que una pareja que venía caminando a esa hora me empieza a saludar de la nada, como si fuéramos los mejores amigos…. Y eran los de la parada!! Qué gracioso porque estábamos muuuuy lejos de esa parada. Imagínense las posibilidades de ese encuentro… nulas. Nada, es una boludez pero me causó mucha gracia.
NO ES UNA BOLUDEZ ¿Es una anomalía en la Matrix? ¿Una distracción de Dios? ¿Una mala broma de Loki? ¿Debe uno hacer algo frente a la experiencia de la casualidad o irse silbando bajito? ¿Hay que tomarla por las astas y cuestionar sus intenciones o recibirla con gratitud? ¿Deberían patentarse las coincidencias? Gracias V., por tu aporte. A ver si nos encontramos de casualidad en la cordillera y nos vamos a tomar cerveza artesanal a El Salto.