Felices juntos

Palermo Halt!

Diciembre 7, 2007 · 6 comentarios

shoppinggirl.jpg Ayer he ido al Alto Palermo con una amiga y su bebé. Ella tenía que cambiar unas prendas en una tienda de ropa. La tienda era bastante cara, digamos, en el orden de los $280 una remera a la cadera con un cosido de lentejuelas moradas. Me puse a mirar minis, camisas, zapatos, con el crío sonriente en brazos. Mi mano se encontraba una y otra vez con la de otras señoras, con la de otras chicas, todas como yo, en sintonía coreográfica toqueteando telas, extendiendo vestidos, poniendo caras de horror o gestos orgásmicos, concentradas en un mini trance mujeril, con los ojos bien abiertos a 20 cm de las prendas, haciendo esfuerzos por imaginar cómo nos quedarían. Una mujer se acercó y le hizo monerías al niño, pensando que yo era la madre y no la contradije.
Mi amiga estaba en el probador con un jean, una camisa, un cinturón y un vestido lila que ya había visto y que quería codiciosamente para mí. Ella me dijo “si nos queda bien, nos llevamos uno cada una”. Salía $118, una ganga comparado con el de junto, que estaba a $320. Pero $118 son $118 y yo una pobre trabajadora freak lance. Free lance pero con una tarjeta que me encajó el banco. Una tarjeta de crédito azul, brillante, impoluta, que dice mis dos nombres y mis dos apellidos en letras sobreimpresas plateadas. La tarjeta no tiene una sola deuda cargada. Y si pasás el índice por arriba, sin presionar demasiado, estarás tocando tu nombre.
¿Iría a cometer un tarjeticidio? ¿Iría a animarme por ese vestido de flores que caería como cascada por mi cintura, saltando sobre la cadera en un paroxismo de texturas suaves y redondeces, de deseos de ser vista, hasta alcanzar, satisfecho, mis rodillas?
Sí, iría.
Mi amiga se lo probó y no la convenció. Me lo probé y tampoco. El vestido, por fortuna, se veía mejor en la percha acolchada con florecitas. El negocio tenía perchas a lo Sarah Key, que te hacían sentir toda femenina y dulce. Luego salís y la luz del shopping te ofende y todo el fondo acopla, especialmente ahora que han puesto los adornos de navidad. Estábamos tomando un capuccino, y a dos metros volaba inmóvil una avioneta con un ayudante de Papá Noel encima. La hélice berreta de seis kilos daba vueltas, por encima de mi cabeza. Eran las cinco de la tarde. El shopping estaba lleno. “¿Nadie labura?”, nos preguntamos y luego nos callamos porque el burro hablando de orejas. Y muchas, muchas bolsas de compra. Gente tarjeteando por todas partes, endeudándose dos, tres, cuatro veces por encima de sus posibilidades. Los shoppings son la perversión a colores.

Al rato una mujer atravesó el patio de comidas, con la panza al aire, un niño de dos años en brazos, pidiendo monedas de mesa en mesa. A la nuestra no se acercó y yo me pregunté cómo había hecho para llegar hasta el tercer piso sin que la sacaran a patadas. Cuando se había perdido de vista aparecieron dos tipos de la Federal, con cara de que estaban a punto de enfrentarse con el núcleo duro del Cartel de Juárez. Un guardia botón, de traje blanco y negro, afeitado y de ojos azules, les señaló el rumbo que había tomado la mujer. Y ahí se fueron detrás, casi corriendo, a ahuyentar a la peste, para que dentro todos sigan celebrando la gran fiesta la deuda, de la ropa con spray floral, de los duendes de Papá Noel en los que nadie cree, de los ceniceros con arena.
Pensé intensamente en La máscara de la muerte roja de Poe.

Categorías: Ocurrió un día

6 respuestas hasta el momento ↓

  • ojos de suri // Diciembre 10, 2007 a 1:00 p12

    Ir de shopping me da fobia…hace poquito unas amigas me invitaron a ir a ver ropa (aprovechando las liquidaciones) no hay caso, no fuí, me pone demasiado nerviosa…
    Hay tres cosas que de verdad me gustaría que me gustasen, y NO me gustan, no hay caso…
    Me gustaría que me gustase comprar ropa.
    Me gustaría que me gustase limpiar.
    Me gustaría que me gustase comer carne.
    Lo intenté, eh?
    No hay caso.
    No me gusta.
    Besos.

  • Ana // Diciembre 15, 2007 a 1:00 p12

    Ah, es difícil que a uno le guste limpiar. Aunque yo entro en una especie de trance al lavar los platos. A veces incluso digo: “no, dejá, si me gusta”.

  • Cass // Diciembre 20, 2007 a 1:00 p12

    No me gustan los choping. Siempre salgo con angustia de ahí, y juro que no es la angustia del comprador.

    Bah, a quién quiero engañar. Salgo disparada como rata por tirante. Alguna vez supe mirarlos con asombro y algo de intimidado recelo pajuerano. Cuando se me pasó, reduje mis visitas al mínimo posible al año; usualmente, acompañando a mi sobrina al cine.

    Saludos, Ana, el post es excelente. Muerte a las tarjetas de crédito.

  • Ana // Diciembre 20, 2007 a 1:00 p12

    Muchas gracias por unirse a la causa. Cuando seamos suficientes, haremos alguna perfo anti-tarjeta en la puerta de Galerías Pacífico.
    Una vez mi hermana hizo un estudio sobre cómo están configurados los chopings. Que la escalera suba o baje está pensado para que pasés por la puerta de tal o cual negocio en tal o cual temporada. La iluminación, la acústica, el olor y la mar en coche.
    A mí me gusta mucho pararme y ver esa esquina en Recoleta donde a la derecha tenés el absurdo techo de latón de Village Cines, que parece saldrá volando con la próxima lluvia, y a la izquierda la fachada de piedra pesada, añosa, mohosa -pero nunca titubeante-, del cementerio. El contraste es magnífico.

  • estrella // Diciembre 26, 2007 a 1:00 p12

    El tema de los shopping lo estudió Marc Augé y los declaró los espacios paradigmáticos de los no-lugares. Todo está hecho para que nuestro confortable andar no tenga sobresaltos. Pero conmigo la cosa falló: una vez que entro, sé, con seguridad, que a la media hora YA me quiero ir.
    Muy bueno el relato de las mujeres comprando: y qué alegría cuando lo que te probás te queda mal; te crees que venciste la tentación, más no. Pero te ahorrás unos buenos pesos.
    Saludos!!

  • Un año « Felices juntos // Febrero 12, 2008 a 1:00 p02

    [...] en el primer post. Se lee mucho esto, esto, y esto otro. A mí personalmente me gusta este perfil y esta mini-crónica Acá no entra nadie, creo que es, hasta el momento, el post más [...]

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