Felices juntos

Ojos que no vieron

Enero 17, 2008 · 4 comentarios

poemas.gif Llegó más temprano porque iban a ponerle unas gotitas. Le pasó a la secretaria el carnet de la obra social y se sentó a leer el libro usado que acababa de comprar a seis pesos en la plaza que hay por la Facultad de Medicina. Tenía la impresión de que la habían timado, porque todos alrededor costaban tres, salvo uno de Osho que estaba a cuatro. Además del libro, tenía una luciérnaga crepitando en la boca del estómago, y de a ratos se volvía para ver la puerta cerrada del consultorio, al que le daba la espalda. Jugó con las páginas y eligió una al azar: “Tus manos que eran sol en el invierno”, alcanzó a leer, cuando apareció la enfermera con un frasquito colorado.
- Mirá hacia arriba, no pestañees… te va a arder un poco, listo.
Unas lágrimas ligeras escaparon fuera. Cerró los ojos y respiró profundo hasta que pararon.
- ¿Ya puedo abrirlos?- preguntó a nadie y por eso asumió que podía.
“Tus manos que eran sol en el invierno” continuó, “en verano tenían la frescura insubstancial del agua”. Un presagio, se animó a pensar, porque la primera vez que había estado con él, la única, le habían conmovido sobre todo sus manos, que no eran frías ni formólicas, ni tenían esas uñas recortadas de médico tirano. Cuando le habían tocado la sien, para enderezarla frente al aparato que medía la presión ocular, notó que eran tibias. La puerta se abrió detrás, y ella se volvió. Allí estaba con su guardapolvo de colegial y una ficha en la mano. Allí de pie, alto y tristón. Él no la vio. Llamó a Ortiz.
- A ver de nuevo…- dijo el frasquito colorado.
- ¿Más?
- Sí, una más y ya estás, no pestañees, etc.
Era el porte sobre todo, pensó soltando lágrimas químicas. Su manera de moverse en ese espacio de lupas y claroscuros; de girar el torso para apagar la luz sin levantarse de la silla, de permanecer a su lado mientras los dos se sumergían en ese universo de letras como estrellas grandes y diminutas que iluminaban la pared. Era también el maxilar que apretaba a veces, cuando se concentraba, dejando ver el ritmo de los huesos bajo la textura serena de su piel. Y en el medio su boquita austera, en tamaño y en palabras. Y ojos tristes, apenas caídos, como si soportaran un levísimo peso, como si las débiles manos de un hada se esforzaran en cerrarlos.
Volvió a la lectura pero había perdido la página y no pudo encontrarla porque no veía nada. Pestañeó rápido, se frotó los párpados, observó su mano borrosa, sacó su celular y trató de ver la hora pero borroso, intentó leer las letras grandes de la tapa del libro, y borrosas. Se asustó. Miró al hombre sentado a dos metros: estaba en foco. Fue hacia la secretaria.
- Creo que me hicieron mal las gotas, creo que me dieron alergia, no puedo ver…
La mujer dejó de tipear y la miró unos segundos con ese común gesto de escritorio entre incrédulo y estoy-ocupada.
- ¿Qué no podés ver?
- El libro que estaba leyendo, no puedo leer más.
- ¿Pero a mí me podés ver?
- Sí.
- Las gotas te dilatan los pupilas, mi amor, no vas a poder ver de cerca.
Mi amor las pelotas, las recontra pelotas.
- ¿Cuándo se me va?
- Preguntale al doctor, vos sos la próxima.
Regresó enojada a su lugar, tomó su cosas, sus jeroglíficos, y cambió de asiento, para quedar justo frente a la puerta tras la cual el invisible hada del desconsuelo se recostaba en los ojos de su oculista. La falta de visión a corta distancia la envalentonaba de una absurda, instintiva manera, como en una borrachera. Ortiz salió y la puerta se cerró tras él. Ella tomó una revista; un fanzine médico, tal vez, por la textura de diario que tenía. Lo acercaba y alejaba haciendo enormes esfuerzos por enfocar, pero era como leer en la niebla, como leer en un sueño, que no se puede.
Al rato la llamó. Se levantó y él se le fue desdibujando con cada paso. Para saludarse con un beso de cortesía, ella se puso de puntillas y él se inclinó. Él cerró la puerta y ella dejó sus jeroglíficos sobre una silla.
- ¿Cómo has estado?
- Bien- No puedo verte.
- ¿Te pusieron las gotas?
- Sí. ¿Cuándo se me va?
- Depende, si te pusieron las *f67hxay*, el efecto dura entre 12 y 24 horas; si te pusieron las *e56gwzx*, el efecto dura unas 6.
- Ah.
- Recostate acá, con las piernitas para allá.
Ah, no me digas piernitas. Hada, enderezame la vista.
- ¿Hay gente que ve así todo el tiempo?– le preguntó como al pasar, acomodando su espalda sobre la chirriante cuerina negra.
- Claro- respondió él, mientras revisaba su ficha-. ¿Se fue la picazón de la otra vez?
- Sí.
- Bueno, vamos a ver…
Ella lo quería lejos, para distinguir sus ojos tristes, los huesos de su cara. Él en cambio fue derecho a sus pupilas. Sintió el calor de la linterna, y sus manos que le estiraban los párpados y le daban instrucciones desde la niebla:
- Ahora a la derecha, hacia abajo, a la izquierda, ahora hacia mí…
Y quería de veras ir hacia él pero su cara era una mancha grisácea con un hada mofándose.
- Ahora sentate y poné la pera acá.
Se puso mal, a propósito. Él tomó su mejilla con manos de sol en invierno e hizo que enmarcara los ojos en una especie de binoculares que le presionaban el mentón y la frente y le mostraban luces blancas. Fue a sentarse al otro extremo. Sus bocas quedaron cerca. “Abrí bien”, le pidió, y su voz agitó el aire, rozando los labios de ella. “Esssso”, susurraba, cuando ella obedecía aunque le ardiera. Él señalaba suavemente su propia, difusa sien, la derecha, la izquierda, y le decía bajito que mirara a un lado o a otro. Ella a veces preguntaba “¿así?” y se entregaba al aire que jugaba con su boca, entreabriéndola apenas para dejar que se posara en su lengua. “Vas bien, ahora acá, no cierres”, y ella apretaba sus muslos entre sí y contenía la respiración para no cerrar, para ayudarlo. “Un poquito más” decía él, mientras exploraba el negro abisal de sus pupilas, mientras se internaba donde nadie nunca antes. Ella ofrendaba la imposible quietud de sus pestañas, el sosiego gestual que rara vez encontraba, para hacerle fácil el trabajo; ese trabajo que acaso fuese el de buscar en los ojos de los demás el secreto de todas las tristezas. Darle caza al hada absoluta con gotitas de colores.
“Recostate otra vez. Esto va a arder un poco”. “No importa”, dijo ella. “No me importa”, repitió.
Un líquido frío la penetró y otra vez cayeron lágrimas. Pero más. La mancha borrosa tomó un algodón para secarlas; ella tembló bajo el peso tibio de sus dedos, que se humedecieron con las nuevas lágrimas que surcaban la neblina. Él presionó con más cuidado, casi acariciando.
- ¿Tanto te duele?- preguntó.
- Sí.
- Pero estás bien, no tenés nada.
- ¿No tengo nada?
- No, volvés dentro de un año, y hacemos otro control-. La mancha se volvió a su escritorio, a poner “no tiene nada” en la ficha. Ella no se movió.
- ¿Dentro de un año?
- Ajá…- respondió sin mirarla.
Ella se incorporó y caminó hacia sus jeroglíficos: su bolso, su campera, el libro dentro del bolso, el libro de las manos .
- Me voy a llevar tu hada.
- ¿Cómo decís?
- Nada. ¿Voy a ver bien esta tarde?
- Sí, o mañana,
- Voy a volver en un año.
Él dejó lo que estaba haciendo y la miró unos segundos, en silencio. Quiso incorporarse para despedirla con otro beso de cortesía, pero ella lo saludó con la mano, desde lejos, y se fue. Él no se dio cuenta del libro hasta más tarde, cuando ya se había sacado el guardapolvo y se estaba poniendo el saco. Se lo dio a la secretaria al salir, por si algún paciente que lo hubiera olvidado volvía para reclamarlo.

Este cuento fue publicado en la revista Lamujerdemivida en septiembre de 2007.

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