El jueves pasado, a eso de las 19.30, me tocó caminar por Agüero desde Córdoba hasta J.M. Gutiérrez. Ya estaba oscuro y salvo por las avenidas, no había mucho escándalo en las calles. Los bocinazos se disuelven no bien cruzada la bestialidad de Córdoba. Eso tienen ciertos barrios: atravesado un umbral tácito, se entra a The Truman Show. Las luces de los edificios se van encendiendo a tu paso: “hola qué tal, hola qué tal, bienvenida a mi limpia vereda sin caca de perro”.
La lectura alternativa es: “te estamos mirando, no te mandés ninguna”.
Las entradas de los edificios están decoradas por el consorcio, pienso. Tienen lámparas de diseño y silloncitos. Capaz alguien, alguna vez, se sienta sobre ellos. Ponerse de acuerdo sobre cuándo cambiar el mobiliario y con qué criterio ha de ser una ocupación a la que antecede una carta bajo la puerta de los departamentos: “Reunión por renovación de entrada. Cítense a los residentes sab 2 nov 18.30 hs. Inquilinos abstenerse”. Podrían obviar del aviso a quienes alquilan, sólo alcanzárselo a los dueños, pero en edificios así conviene marcar terreno una vez cada tanto. Los ascensores, al final del corto pasillo (los largos pasillos no ocurren en esos edificios) brillan como espejos y brillan como el piso y no se ve al cuidador por ningún lado.
Hay pocos y precisos negocios a lo largo de Agüero, entre Córdoba y J.M Gutiérrez. Una verdulería con manzanas redondas y crocantes, “para que todo el que las viera sintiera deseos de comerlas”, como en Blancanieves. Naranjas gordas y jugosas, papas y batatas sin tierra y tolditos verdes o rojos que proyectan una sombra fresca sobre las frutillas y los potes de castañas de cajú. Hay un Deva’s donde venden jardines zen, rocas energéticas y libros sobre cómo descubrir la propia espiritualidad. La propia, no la ajena. Dos o tres cafés a los que deseo entrar. Bien que me la pasaría en ese café si viviera por ahí, y cada mañana me saludarían y me preguntarían “¿Lo de siempre?” y yo respondería: “Lo de siempre, pero hoy también traeme manteca”. Hay una cerrajería, una peluquería, una carnicería, una panadería, una librería, una charcuterie. El barrio es como el de los libros infantiles para aprender idiomas. Es como el capítulo de “My neighborhood” o “Ma ville”, con ilustraciones panorámicas en las que se ve un sol maravilloso, un avión panzoncito que atraviesa el despejado cielo, la delineación de las calles y los vecinos sonrientes: el joven repartidor de diarios montado en su bicicleta, la señora de la pescadería extendiendo un salmón, la de la peluquería abriendo el negocio, el hombre con saco y corbata caminando hacia el trabajo, la madre despidiendo a los hijos que se suben al micro escolar, el albañil silbando sobre un andamio, el policía contento indicando una dirección, los niños en la plaza jugando a las escondidas…
Eso siempre me hacía ruido cuando era niña: ¿no deberían estar todos los chicos en la escuela? ¿qué hace que unos vayan y otros no? Tal vez van a la tarde, tal vez es feriado para la mitad del barrio. La huelga de maestros, cuando veía esos libros, no estaba aún en mi imaginario. En todo caso, tal era el único desfasaje que encontraba en esos dibujos que me encantaban por los detalles: el perrito con manchas enterrando su hueso, el pastel enfriándose en la ventana, el pájaro con la lombriz, el semáforo en amarillo y el personajito apurándose en cruzar la calle.
En esa parte de Agüero, no hay chicos que no vayan a la escuela. Cumplí con mi trámite en J.M. Gutiérrez y caminé hacia Las Heras a tomar el 93. Una florería con claveles teñidos de lila, una mueblería que liquida porque está por quebrar, puestos de revistas con culos a toda tapa, un McDonald’s que arroja su obscena basura a la vereda llena de caca, donde enseguida pasarán los cartoneros a hurgar, después el camión de la basura a recolectar, y finalmente el solitario barrendero que termina de limpiar los restos del circuito de la mugre de avenida Las Heras, por la que los autos que bajan desde Agüero pasarán por la mañana sin percibir los rastros del loop nocturno que ensuciaría su limpio capítulo panorámico de avioncito panzón y vecindario feliz.
RSS - Posts

4 respuestas hasta el momento ↓
estrella // Agosto 24, 2008 a 1:00 p08 |
Hoy no salí de mi casa en todo el día, a pesar del sol y esas cosas. Feliz, acá estoy, tranquila aunque algo culposa. Pero después de leer esto siento que ya hice un pequeño paseo: vi las manzanas crocantes, las frutillas a la sombra, los nenes, el perro, y las limpias veredas. Gracias, sigo en la cucha sin culpa!
Muy bueno.
Cass // Agosto 25, 2008 a 1:00 p08 |
Qué buena crónica, Ana. Pude acompañarte a cada paso… Y aunque suene brutal, te diría que no es mal comienzo para una novela gore. Te lo imaginás de primer episodio?? Faaa.
Abrazos
PsicoZen // Agosto 25, 2008 a 1:00 p08 |
linda caminata… quiero másss! beso.
cristian // Agosto 28, 2008 a 1:00 p08 |
Uno de mis recuerdos más extraños nació a partir de estos libros donde se enseña que la pierna es leg y el brazo es arm. Era un libro para niños, así que nada de verbos ni oraciones. Dibujos ochentosos y palabras sueltas, nomás.
En la última hoja del en cuestión libro había un paisaje. Era un atardecer naranja. Sobre una colina baja se veían de espaldas a dos niños, preadolescentes, bah. El pibe tenía unos jeans bien ajustados y una remera a rayas. Tenía pelo negro, un poco largo, y la piel más oscura que la chica, que no sé qué tenía puesto, pero que probablemente era rubia. Estaban ahí sentados bajo un árbol sobre la colina verde de pasto prolijo, las palmas apoyadas, mirando para abajo. Abajo, era un barrio de calles pavimentadas y casas de madera, todas iguales, todas pintadas de blanco, todas con su jardín.
De todas las imágenes del libro, mirar justamente esa me producía una sensación muy extraña… yo tenía seis o siete años y probablemente no podía saber que eso era la melancolía. Recuerdo mi tortuga asesinada a dentelladas por mi perra; recuerdo la pérdida de juguetes queridos. Pero no recuerdo haber sentido de niño otra sensación tan extraña como esa. Mirar un dibujo sonso y sentir tanta tristeza.
¿Será que en una vida anterior viví en un suburbio? ¿será que mi casa con jardín estaba pinada de blanco y yo usaba remera a rayas y decía arm y leg? Quién sabe.
Hoy estuve buscando el libro y no lo encontré. Supongo que así es mejor.