Felices juntos

Mitos urbanos III: la viejecita, el loro y el perro

Septiembre 13, 2008 · 4 comentarios

Este mito me lo contaron tres veces. La primera vez lo creí y me pareció una historia magnífica. Es probable que la haya repetido y la haya introducido con “a un amigo de mi hermana le pasó que…” Y en verdad no recuerdo si era un amigo de mi hermana o un conocido de un amigo de ella, en fin, que para detectar un mito urbano es esencial prestarle atención a las filiaciones. Cuando la segunda persona me lo contó recuerdo haber pensado que seguramente el protagonista de la historia era la misma persona y había una relación entre mi interlocutor y mi hermana que yo no conocía. Ya la tercera vez que lo escuché supe que no podía ser otra cosa que un mito urbano, pero no tuve corazón para decirlo porque me lo contaban con tanto entusiasmo, como la historia del año.  Forcé la sorpresa y la risa de humorada negra: oh oh ja ja ja oh.

Resulta que un muchacho, a quien llamaremos Juan, vivía en una pensión, probablemente de Córdoba. Era estudiante y casi siempre estaba fuera. Rara vez se topaba con la dueña de la casona, que era una viejita muy buena y dulce. Había enviudado hacía años y era especulación de todos los arrendatarios que estaba sola en el mundo. Sola salvo por su lorito, que vivía en una gran jaula en el patio y al que insistentemente enseñaba palabras y llenaba de comida. Una vez que la viejecita no estaba en casa, el muchacho recibió la visita de un amigo, a quien llamaremos Esteban, que se trajo a su perro. Se pusieron a tomar mate en la cocina comunitaria y a charlar. Oscurecía y el mate trocó en cerveza y así siguieron, sin notar que el perro hacía rato que no estaba junto a ellos. En eso entró con el loro muerto dentro del hocico. Juan se agarró la cabeza “¡Nooooo!”, habrá dicho: “boludo, el loro de la dueña”, etc. Con Esteban no tuvieron mejor idea que agarrar al animal, limpiarlo y volver a meterlo en la jaula. Muerte natural.

A la mañana siguiente Juan despertó con la boca pastosa por la resaca y un grito que se disolvía en su cerebro. Pensó que era el eco de una pesadilla, pero un segundo grito atravesó las paredes, igual que varias corridas por toda la pensión. Se vistió rápido y bajó a la cocina, y allí estaba la viejita, más blanca que un papel, gimiendo agitadísima mientras una vecina ponía la pava al fuego para prepararle una tisana y otro locatario le preguntaba qué había pasado. Juan estaba igual de blanco que la señora y se sentía muy culpable. Con los brazos en los bolsillos se apoyó en el umbral de la puerta, esperando el turno para consolarla. En eso la vieja chilló: “¡Volvió a la jaula, volvió, yo lo enterré ayer, volvió, ay, ay!”

No sé si hace falta la aclaración, pero el caso es que el perro de Esteban había desenterrado al loro, que efectivamente había muerto de muerte natural la mañana anterior.

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4 respuestas hasta el momento ↓

  • Aki // Septiembre 17, 2008 a 1:00 p09 | Responder

    WOW! no conocía este mito urbano, pero es GE-NIAL :-P

    Saludos, Ana!

  • Mike Myers // Septiembre 19, 2008 a 1:00 p09 | Responder

    Mi papá afirma que cuando era chico su loro subía cada mañana las escaleras para despertarlo, diciendo su nombre con acento de loro. Ya no hay loros como los de antes…

  • keko // Septiembre 23, 2008 a 1:00 p09 | Responder

    jajaja

    esta bueno .. justamente hoy escribi un tremendo mito urbano que me contaron .. saludos

    k

  • ugeseg // Septiembre 26, 2008 a 1:00 p09 | Responder

    ja! de verdad es un mito urbano? yo había escuchado esa historia, con una variación: los dos pensionados eran una pareja gay. traté de escribirla, pero menos mal que no me salió. igual la escena de dos tipos tuneando un loro muerto me parece digna de un gasalla.
    aguanten los loros en la literatura!

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