Felices juntos

Allá abajo

Octubre 28, 2008 · 5 comentarios

El subte es un tren de los bajos del asfalto que sirve para no llegar tarde a todas partes. Es sólo una cuestión de tiempo -dicen- para que un accidente avale la muy arraigada idea de que en este país no hay modo de mantener la vida salva ad infinitum. Es una especulación populi que la catástrofe ocurrirá en la línea B, que goza de la triste reputación de poseer la menor cantidad de extintores por furgón. Durante las mañanas que el subte estira, la gente lee preferentemente La Razón y Clarín, es decir, lo mismo. Hoy Clarín titulaba “Crecen 80% los delitos cometidos por menores”; la tapa de La Razón ponía: “Lo asesinaron frente a su novia en La Reja”. Esas lecturas ofrece el subte cada día; un loop que va de las policiales a las tetas hinchadas de la tele con la misma naturalidad con la que llega de Catedral a Congreso de Tucumán, ida y vuelta, ida y vuelta. Hay una cierta cualidad de infinitud en los subtes; será por eso que un extraño ideario de marketing ha llevado a un cementerio a promocionar sus servicios en las estaciones, sus servicios en el más acá para el más allá. En Florida, el stand que ofrece brochures con las promos por parcela también ofrece hierbas aromáticas. “Reclamá tu hierba aromática”, dice, y podés elegir bolsitas con romero o menta. En la estación José Hernández de la línea D todos los martes hay dos chicas vestidas de verde y blanco que preguntan si conocemos los servicios del lugar en cuestión (o no lugar en cuestión) y la verdad es que nadie las quiere escuchar. Curioso que la empresa no sepa, por ejemplo, que los panicosos la pasan mal en los bajos del subte; es el peor momento para venir a hablarles de la muerte.

Yo leo bastante en el subte, ahí leí completo Salvatierra de Pedro Mairal, El legado de la pérdida de Kiran Desai, hago crucigramas y duermo. Hago sudokus a veces. Siempre voy sentada, no aguanto ir parada. Si es necesario vuelvo a la estación terminal para poder sentarme. La otra mañana apareció una mujer ciega pidiendo monedas; tanteaba con su bastón el piso que se escapa, porque así es el piso del subte: se escapa, y hay que ser valiente realmente para caminar sobre un piso que se está yendo siempre y que no se puede ver. Casi no se notaba que la mujer iba llorando, venía ya con el llanto desde quién sabe cuántos vagones, venía ya con el llanto subterráneo de su alma cuando tropezó con un hombre que dejaba lápices en los regazos y volviendo en sí del llanto le gritó que se fuera, que le dejara el vagón a ella. Para unos el subte es un pasaje, para otros el subte es un destino. Ella, él, yo, aquel, policiales y las tetas de tinelli, caramelos, celulares, maletines, marginales, ex adictos, promociones, hierbas, libros, estaciones, estaciones, estaciones.

Cuando el subte entra en paro los pasajeros emergemos como bichos y desordenamos toda la ciudad.

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5 respuestas hasta el momento ↓

  • Cass // Octubre 28, 2008 a 1:00 p10 | Responder

    Con este tipo de escritos tan tuyos a veces me hacés acordar a Miranda July (Si no viste “You and Me and Everyone we Know”, deberías hacerlo).

    Abrazos, y hasta la victoria siempre!

  • ojos de suri // Octubre 29, 2008 a 1:00 p10 | Responder

    Cuando me mudé a Buenos Aires no tomaba el subte ni loca! Estuve años evitándolo.
    Ahora si me lo sacan me muero, tengo 14 minutos al trabajo que los días de paros subteriaros se transforman en pesadilla bondiana (de bondi, no de James Bond) de hora y media.
    Leo mucho en el subte. Me encata pispear qué libro están leyendo los demás, me pone contenta que la gente lea en el subte…
    Ana, me encantó tu descripción de ese otro mundo “Allá abajo”

    Me despido al grito de “Tijeras peluqueras…quién quiere Tijeras peluqueras…”
    Besos!

  • PsicoZen // Noviembre 3, 2008 a 1:00 p11 | Responder

    Me encanta viajar en subte desde que tengo uso de razón. Me gusta ver a la gente, hacer conexiones, saber que arriba está Buenos Aires esperando, escuchar a los músicos que van y que vienen, los poetas a 4 pesos el librito, los ciegos, los ex-combatientes, el que chifla como si fuera una quena, las caras de culo, los turistas que ofrecen sus mochilas inocentes al chorro de turno, la piba del bandoneón. Me alucina esa sobreestimulación de los sentidos.

    Uf… qué recuerdo acaba de venir a mi cabeza. En un subte fue mi primer tocada de culo. yo iba con mi papá y tenía unos 8 ó 9 años. Ella tenía jean y varias cabezas más que yo. Nunca se enteró, simplemente apoyé mi mano en un vagón repleto de gente y ahí se quedó esa mano extasiada, revelándome la perfecta redondez de la mujer. Qué bueno recordar esa íntima felicidad subterránea. Y compartirla.

    Beso.

  • Matilde Galván // Noviembre 6, 2008 a 1:00 p11 | Responder

    Yo estuve en Buenos Aires allá por 1994 (fui a un Congreso), hace mil años ya! y anduve por el subte, como le dices. Me encantó! No sé cómo sea hoy en día, pero entonces los vagones tenían adornos de madera y eran preciosos!

    Ana, me encanta cómo escribes, tus letras tienen un saborcito muy especial, y también las de tus lectores que dejan sus comentarios en este blogg (por cierto, yo viví en la Villa Olímpica de México).

    Te mando un saludo.

  • Ana // Noviembre 7, 2008 a 1:00 p11 | Responder

    Dear Cass, no conocía a Miranda July, hartísimas gracias, as always. Ojos de Suri, ah, tenemos una relación parecida con los subtes, veo. Vos también te tomás el B? Porque capaz hemos estado chusmeando nuestras lecturas mutuamente. Aunque yo últimamente me quedo dormida no bien sentarme. PsicoZen, gracias por pasarte, como siempre y por compartir tu primera propasada…. supongo. Matilde, ex vecina, un placer que te pases por esta parte del blog! Muchas gracias por lo que me decís y seguimos en contacto!

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