Felices juntos

Sushi con Duchamp

Noviembre 23, 2008 · 7 comentarios

mutt Cuando paso ante la vidriera de una tienda cara, a veces me asalta un pensamiento filantrópico. Por ejemplo: “Pobre señor Sarkany, ha de estar a punto de quebrar al precio al que vende sus sandalias. ¿Quién pagaría 560 pesos por ese parcillo color salmón?” O bien “Hay que hacer algo por María Vázquez; su colección primavera-verano será un fracaso; con lo caros que están los alquileres, por no hablar de la canasta familiar ni de la recesión en Japón, ¿quién desembolsará semejante cantidad por un vestido que usará sólo una vez, oh, María Vázquez, quién?”

Y así.

Cuando S. preguntó a voz en grito, con ese timbre encantador que tiene, quién quería ir a la inauguración de la muestra de Marcel Duchamp en Proa, me anoté de inmediato. Y allá nos fuimos con mi jefa, mi subjefa y sub sub jefa en el batimóvil estatal. Hacía más de un año que no iba a la Boca, más de dos que no pasaba por Caminito o me acercaba al Riachuelo. El auto comenzó a apestar y pregunté si eso era por el agua estancada que se extendía a nuestra izquierda y me respondieron que sí, y recordé el Pantano del Hedor Eterno de Laberinto, y también al jefe de gobierno -cuyo nombre no pondré aquí porque mirá si se atuogooglea y termina echándome- y su promesa de limpiar el riachuelo. ¿Cuánto puede costar una cosa así? ¿Eh?

Nos bajamos del auto y nos aguijoneó un viento helado en los albores del verano. El clima se está yendo al quinto carajo. Entramos rápido a la fundación-galería, me pidieron el nombre para comprobar si estaba en la lista, y cuando fui admitida me separé de mis múltiples jefas y me apresté a ver la muestra, que recomiendo altamente; está maravillosamente puesta. Pero quisiera ir otra vez porque una inauguración te distrae de la obra, es un evento social; es, literalmente “una obra que no es una obra de arte”, justamente el injusto -aunque justificable- título que le han puesto a la gran exposición de Marcel Duchamp en Buenos Aires.

No voy a hablar de Duchamp porque poco sé de él, pero las vidrieras horizontales bajo las que se extienden sus escritos de puño y letra están vivos, y sospecho que si uno se queda allí observándolos, intuirá el quiebre; sabrá hacia dónde iba le monsieur aunque no comprenda del todo esos trazos arañescos. El Gran Vidrio emociona, y sus videos de techos parisinos, proyectados sobre las paredes. Y sus dibujos y especialmente sus  fotografías; las que sacó él y las que le sacó Man Ray. En fin, que vayan.

Un piso, dos, y tres. Intercepté la copa de Malbec; la moza era más chica que yo (edad, no tamaño), pero me trató con ese respeto insoportable al que conminan las empresas. Proa celebraba no sólo la inauguración de la megamuestra, sino también su reinuguración como edificio ampliado, luminoso y apto para muestras de-gran-envergadura. En el tercer piso encontré el baño. Me quería retocar la cara de oficina que traía, a saber: lavármela y volverme a pintar los labios y de paso acomodarme el pelo y esas cosas que hacen las mujeres en los baños. ¡Y qué baño! Jabón líquido súper trooper, canillas de diseño, inodoros en los que da lástima hacer pis, tan bien puestitos que están, y una señora con cara de rana, no tanto por sus genes sino por los de su cirujano, allí detenida, mirándose intensamente al espejo. Al salir y avanzar hacia la magnífica terraza, trazada por sillones blancos y mesas negras revestidas de objetitos sin ningún uso posible, descubrí el banquete que estaban preparando para los invitados. Lo primero que vi fue la mesa de sushi, sobre la que se afanaban tres japonesas con atuendos y peinados (¿típicos?) y un japonés que coreaba sus órdenes y nos sonreía a todos menos a ellas. A mí me encanta el sushi. Unos pasos más allá, una gran pasarela de la que emergían racimos de baguettes y grisines de tamaños imposibles, para acompañar siete tipos de ensaladas con ingredientes como:

alcaparras, aceitunas, moñitos fríos, lustrados pimientos, uvas, albahaca, quesitos redondos, tomates cherry, pavo, repollo colorado, mayonesa casera, camarones.

Frente al bar des salades, el de los platillos calientes, con todo y cocina, para que nadie ose decir que lo que se sirve no está recién hecho. Y ya no hay quién se interese por Duchamp, ya el tercer piso se atesta. Cuánto stress el de los chefs, el de los japoneses, el de las mozas y mozos con la bandeja de copas de vino y jugo de naranja y coca regular o light. Al final los únicos que se lo pasan bien son los barmen de la terraza, licuando daikiris de frutilla o durazno y extendiendo capirinhas a las altísimas chicas que sí usan zapatos de Ricky Sarkany, oh revelación, para algunos el mundo se recorta desde tantísimo dinero, y en eso entra el jefe de gobierno con sus patovicas y yo ya voy por el segundo plato de sushi y el Malbec -thank God- no ha logrado envalentonarme tanto como para ir a decirle “qué tal, yo trabajo en una de sus múltiples dependencias, ¿qué onda con el Riachuelo, míster?”, no señor, me quedo en el terracero sillón blanco tratando de no oler la mierda del pantano y concentrada en mi dominio de los palillos, convencida de que aquel muchacho que de a ratos mira por sobre su hombrera de ¿Armani? ¿Calvin Klein? No sé, la ropa masculina es siempre tan igual, en todo caso, ese joven especulador des arts en todo su trilingüismo jamás se fijaría en una chica como yo. Y no es una expresión de deseo, nah, es puro juego de la especulación que suelen inspirarme esos eventos; porque así como mi anteción serpeaba indefectiblemente en las mujeres caras de rana y en los vestidos de miles de pesos, aquel chico acaso estaría atento a las pinturas de labios marca pichiruchi y a las sandalillas compradas en Florida aprovechando el aguinaldo, antes de subirme al subte que felizmente me llevará a casa.

Categorías: Mis elanias · Muestras

7 respuestas hasta el momento ↓

  • Bertita // Noviembre 23, 2008 a 1:00 p11 | Responder

    que´excelente nota, fluye y de repente se transforma en un relato impecable..mis felicitaciones
    espero que no te descubra tu jefe, porque en este país no se encuentra trabajo fácilmente.jeje

  • PsicoZen // Noviembre 24, 2008 a 1:00 p11 | Responder

    qué bueno arrancar el lunes leyéndote. gracias y beso.

  • Gabo // Noviembre 24, 2008 a 1:00 p11 | Responder

    me chache! estaba por decir lo mismo de este lunes.

  • Gabo // Noviembre 24, 2008 a 1:00 p11 | Responder

    es, me cache!

  • Ana // Noviembre 25, 2008 a 1:00 p11 | Responder

    Gracias mamuchi, pero ese hombre no es mi jefe! Es el jefe del jefe de mi jefa… No sé cómo hacen para organizarse en tanta subalternidad.
    PsicoZen, qué bonito lo que me has dicho.
    Gabo, qué lindo lo que casi decís, nos vemos pronto, voy para allá fines de mes entrante.

    PS: ¿no era mecachis?

  • Aki // Noviembre 29, 2008 a 1:00 p11 | Responder

    Tengo una observación que hacer: el cinismo pseudo-superficial que desborda este post no es para cualquiera, eh. TE FELICITO por transmitírmelo tan bien!
    Pffff, cuánto derroche para una sola muestra. ¿Qué diría Duchamp, si viviera?

  • nuncadigasnunca // Diciembre 29, 2008 a 1:00 p12 | Responder

    Llego un poco tarde a leer esto. Cómo me perdí al sushi, a Duchamp y a reirnos de casi todo? Ufa. La próxima vez que S. grite quién quiere ir a alguna inauguración voy a decir que yoooo! Y vamos así nomás, en jeans, total ya sabemos que nuestro glamour va por dentro.

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