Felices juntos

El club de los lanzallamas

Octubre 25, 2009 · 1 comentario

fight_club1 Estoy leyendo El club de la pelea y he encontrado ciertos paralelismos con Los lanzallamas de Roberto Arlt que, bueno, debería volver a leer el libro entero para ver si no estoy siendo demasiado arbitraria, pero como no voy a hacerlo por ahora, no me queda más que apelar a lo que recuerdo de esa novela, porque después de todo un libro es lo que a uno le queda, y pasan años y lo que se queda con uno es tal cosa y no tal otra y por algo será. Dicen que la memoria se prende de unos receptores cerebrales especiales y únicos a cada persona. Les habrá pasado de estar con un amigo o con un familiar, y traer a cuento algo que ambos vivieron hace tiempo y descubrir que el otro lo ha olvidado por completo, o le prestó atención a otra cosa. Decepcionante; uno duda de su propia experiencia cuando no puede cotejarla. En cambio cuando el otro recuerda lo mismo que uno, alivio: se puede seguir hablando al abrigo de la memoria compartida.

Estaba en la parte de Big Bob con sus grandes tetas. Quienes no leyeron el libro pero sí vieron la película lo recordarán: el protagonista (Edward Norton, que no tiene nombre, y en la novela es el narrador en primera persona, también sin nombre) está yendo a todos los grupos de ayuda de enfermos terminales o personas con cáncer y Big Bob está en el grupo de cáncer de testículos. Al momento del libro, a Bob se los han extirpado hace 6 meses, y adora al protagonista porque cree que a él se los han removido también. Al momento del abrazo y el desahogo, Big Bob toma al narrador entre sus brazos y lo hunde entre sus enormes y cálidas tetas, infladas por la competencia loca de testosterona y estrógeno en su cuerpo.

El Astrólogo, de Los siete locos y Los lanzallamas, tampoco tiene testículos. Creo recordar que se los reventó una granada.

En ese grupo de ayuda, el narrador ve por primera vez a Marla Singer, quien viene a joderle la vida porque es una impostora, como él. “Faker. Faker. Faker.”

El narrador puede dormir, finalmente, después de llorar en esas sesiones; llora y llora como un bebé, moqueando, hipando, a los gritos, como un bebé en el gran seno cálido de Bob; en la matriz contenedora de toda esa gente moribunda que ha perdido toda esperanza. Perder la esperanza es la libertad, dice el narrador. Pero llega Marla y le arruina la historia, porque está sana como él, porque tampoco se está muriendo, porque es un espejo perfecto de sí mismo en toda su solitaria y desesperada distorsión.

Hipólita. Me acuerdo de Hipólita que tal vez -no lo recuerdo bien-, era la esposa del farmacéutico, o en todo caso, de uno de los siete locos complotados en gasear Barrio Norte, en la revolución liberadora del Astrólogo.

Y decía, llega Marla Singer a arruinarle su cura del insomnio pero sobre todo su cura de la vida y es entonces cuando conoce a Tyler Durden (Brad Pitt). Aparece Tyler Durden para contrarrestar el daño que Marla le hace sin querer queriendo, y digo queriendo porque cómo no van a encontrarse en esta vida dos seres tan paralelos. Un dios hay, el tema es de qué lado está.

En la matriz contenedora dije,  porque cuando el narrador conoce a Tyler Durden y empiezan el primer club de la pelea en el sótano de un bar, describe a todos los que llegan a pelear como “una generación de hombres criados por mujeres”; y acá es importante el sentido del grupo, de los muchos. Si a uno lo ha abandonado su padre o si el otro tuvo un padre que veía dos horas por día y no intercambiaba palabra con él, no importa sino hasta el momento en que sus hijos se reconocen (de nuevo la memoria) en toda una generación.

Jo! Erdosain dormía mal de chico, tenía insomnio porque su padre lo amenazaba con que le iba a pegar al-día-siguiente. Una sostenida tarea de terror y humillación. Y luego la vida de Erdosain fue su madre, su hermana, su novia, su nada hasta que conoce a los otros seis locos y él es, por una vez y finalmente “el inventor”, con su cloro, sus óxidos, sus bombas y sus gases. También su rosa de cobre pero eso, lamentablemente, lo he olvidado.

Lo que más recuerdo de Los lanzallamas es que el Astrólogo, un hombre sin testículos, es decir, un hombre que sabe que no será deseado nunca más por una mujer, se raja con toda la guita del complot y con Hipólita, que en mi memoria es chiquitita y sufrida y casi muda, pero tiene el aplomo de entrarle a la casa una y otra vez, sin que el astrólogo sea capaz de enteder por qué (igual que aparece Marla en la casa de “el narrador” recurrentemente, para acostarse con Tyler pero también, piensa el narrador, para joderle la existencia). ¡Y se fugan! Es terrible. Se fugan y dejan a todos los demás en banda. A Erdosain sobre todo, que había encontrado en los otros seis locos a su grupo de ayuda, a su desesperanza compartida. El Astrólogo e Hipólita desaparecen y nunca más los encuentran.

Si se hubieran cagado a piñas, los siete locos, capaz las cosas terminaban de manera distinta. Los yanquis son más prácticos, menos cerebrales, menos enroscados, por mucho. Menos… densamente politizados, se podrá decir.

Todavía no terminé El club de la pelea, voy por la mitad. Pero sí terminé, hace años, Los lanzallamas, y el final es un contrato a Barsut para filmar una película sobra la historia. Beautiful.

Categorías: Libros

1 respuesta hasta el momento ↓

  • Mike Myers // Octubre 26, 2009 a 1:00 p10 | Responder

    Me dan ganas de leer el libro, que seguramente serà mejor que la pelìcula, como pasa casi siempre. En cuanto a Los lanzallams, gran libro (gran autor) estamos esperando la pelìcula, o la reposiciòn de la excelentisima adaptaciòn para teatro que hizo Ricardo Barthis hace unos diez años y que se llamò “El pecado que no se puede nombrar”. Muy buen paralelismo, Ana.

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