Cuando una foto vale más que mil patadas

La foto de Lucas Rebolini Manso desnudo y empapado en una esquina de Palermo se fue pasando de mano en mano -de medio en medio- desde la madrugada del viernes 18 de marzo. Empezó en la tapa de revista Veintitrés, llegó a todos los portales de noticias y terminó en la televisión, que elaboró complicados videographs para compensar la falta de movimiento, para adornar la decepción que le habrá provocado no tener una secuencia de Lucas desorientado y tiritando. Algunos productores habrán pensado pero qué lástima, pero qué desperdicio que la persona que tomó esa foto con su celular no haya tenido, en cambio, el tino de filmarlo. Qué falta de lucidez, qué reflejos lentos.

Más que lentos porque habría cobrado mejor si llevaba su filmación a la tele. Pero estoy siendo injusta; sólo sospecho que la persona en cuestión cobró por dar su foto a Veintitrés  y en sí no habría allí nada que reprobar: comprar y vender imágenes es una práctica común desde los tiempos del daguerrotipo. También sospecho que nadie en la revista llamó a los padres de Lucas para decirles que tenían la última foto de su hijo con vida. Y por eso -sigo sospechando-, la mañana del 18 los padres se encontraron, igual que todo Buenos Aires, ante esa imagen que es exactamente el tipo de imagen que los editores llaman “primicia” y que  ocasiona festejos, felicitaciones y palmaditas en las salas de redacción.

Una foto periodística que redunda en lo que ya se sabe no es más que una excusa, un relleno, una insignificancia en el mejor de los casos, y un golpe bajo, innecesario y humillante en el peor. Sabíamos que Lucas había estado desnudo bajo la lluvia y la foto vino a confirmarlo. A los medios les gusta convencernos de que para creer las cosas hay que verlas, que leer o escuchar nunca es suficiente; les gusta insistir en que las imágenes son necesarias e inapelables. Y para limpiar esa basurita que de tanto en tanto molesta las conciencias editoriales o molesta a los abogados, pusieron en el epígrafe que la foto es un “documento”, es decir, una prueba contundente de que sí, que Lucas estuvo desnudo bajo la lluvia una noche de febrero.

Eso ya había podido cotejarse con decenas de testigos dos días antes.

Pero igual decidieron ponernos ante el cuerpo vulnerable, impotente y desnudo de Lucas. Decidieron que todos íbamos a verlo, no sólo los encargados de la investigación, para quienes la foto será importante, sino todos, sin distinción de haber conocido a Lucas o no, de haberlo querido o no, de estar sufriendo por su muerte o no, de querer verlo así o no. Su cuerpo desnudo y empapado está hoy a disposición de todos.

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