Obama got Osama

“Bin Laden ha muerto. Dejadme llevar champú en la maleta”. Así se llama un grupo de Facebook que algún chistoso inauguró al poco rato del anuncio del asesinato de Osama Bin Laden, y que hoy suma más de cien mil seguidores. “Kuma War II: la muerte de Osama bin Laden” se llama el videojuego que Kuma Games desarrolló y puso a disposición en Internet apenas seis días después de la Operación Geronimo, que asesinó al terrorista más buscado de la historia. “Operación Geronimo” fue el nombre que le pusieron a esa misión ultrasecreta, y que provocó una queja del Comité del Senado para Asuntos Indígenas de Estados Unidos, por vincular al héroe nativo con el líder terrorista, deshonrando su memoria y reforzando el estereotipo del apache violento. Y ciertamente, lo único que tuvieron en común Geronimo y Bin Laden fue que sus caras figuraron en pósters de “Buscado vivo o muerto” con unos 120 años de diferencia. La Casa Blanca se ha negado a dar explicaciones sobre la infortunada elección del nombre.

Y ya que estamos en la línea de los nombres, donde dice “asesinato” tal vez sería mejor entender “ajusticiamiento”, porque eso es lo que Estados Unidos cree que hizo con Osama bin Laden: ajusticiarlo. El hecho de que para ajusticiar a alguien haya que pasar, por definición, por un juicio formal, con leyes, abogados, testigos y demás, resulta, en el tema que nos ocupa, secundario. Porque si hablamos de Bin Laden -y de todos los presos de Guantánamo, por caso-, la justicia se da por hecha. La retórica belicista de George W. Bush, antecesor de Barack Obama, quiso acostumbrar a la humanidad a que su mano estaba guiada nada menos que por la de Dios. ¿Y quién le va a cuestionar los actos al Supremo?

Poco después de asumir la presidencia, Obama atemperó la llamada “Guerra contra el terrorismo” al anunciar que el objetivo de la inteligencia militar de Estados Unidos sería en adelante “desbaratar, desmantelar y derrotar a Al-Qaeda” y no ya el de enfrentarse a todos los extremismos violentos del mundo. Matar a Osama bin Laden y echarlo al mar ha sido, pues, un gran triunfo para su gestión, aunque desde luego, es ingenuo creer que así va a desaparecer el terrorismo, algo que los miles de norteamericanos que festejaron en Times Square, en la Zona Cero, en la Casa Blanca, y que vitorearon “USA” interrumpiendo un partido de béisbol en Filadelfia parecen no haber tenido en cuenta.

Pero volvamos al grupo de Facebook, porque más allá de su discutible inocencia (finalmente se ríe de un asesinato), su creador, en un rapto de ingenio, supo tomarle el pulso a uno de los impactos culturales más notables y masivos en lo que va del siglo. En efecto, para buena parte de la humanidad, las consecuencias de los actos de Bin Laden consistieron en eso: quitarse los zapatos en los aeropuertos, minimizar el contenido de líquidos en la maleta, ser sometido a cacheos humillantes y ver cómo se cacheaba incluso a niños.

Osama bin Laden fue ese monstruo escurridizo que inauguró el milenio y a quien los ciudadanos de a pie, que venimos a ser el 99.99% de la humanidad, conocimos a través de YouTube y sólo a partir del 11 de septiembre. No es éste el sitio para discutir su historia ni las múltiples teorías alternativas, más conocidas como “conspirativas” que han seguido cada uno de sus pasos. Atengámonos a lo que nos contaron acerca de su aniquilamiento.

Básicamente lo que ocurrió fue que, tras años de trabajo de inteligencia, se supo que Bin Laden había estado viviendo durante años en una mansión en Abbottadad (lo de “mansión” es discutible para cualquiera que haya visto las fotos de la vivienda), que queda a una hora en auto de la capital pakistaní de Islamabad. La noche del 1 de mayo todo ocurrió con la precisión cinética de un video juego: un comando de 79 hombres en 4 helicópteros rodeó la casa; al parecer sólo descendieron unos 24, y tras dar muerte a las personas que ocupaban la planta baja, dispararon al líder terrorista, que se encontraba en el piso superior. Primero se dijo que estaba armado con un fusil AK-47 y una pistola, luego se dijo que no. Se dijo que había usado a una de sus esposas como escudo, luego que la esposa se había abalanzado sobre él para protegerlo, y luego se desmintieron las dos versiones. La agencia de noticias AP se apuró en publicar una foto apócrifa del rostro desfigurado de Bin Laden, que fue reproducida en televisión y en cientos de periódicos. Descubierto el Photoshop, AP tuvo que retractarse: “no podemos verificar que la persona de la foto sea Osama bin Laden”. Al parecer el origen del montaje fue una televisora pakistaní llamada Geo, pero ya a esta altura nunca se sabrá de dónde vino el trucaje.

El gobierno de Estados Unidos hizo público un supuesto debate acerca de la pertinencia de difundir las fotos verdaderas. Y decimos “supuesto” porque desde el vamos la gestión de Obama tenía bien claro que no iba a soltar ninguna imagen del terrorista muerto. Sí concedieron, en cambio, publicar las fotos sanguinolientas de sus acompañantes, como una forma de probar que el ataque sí ocurrió. Un paliativo para descreídos y también para morbosos.

Las razones para no querer mostrarle al mundo las fotografías del cadáver del líder de Al-Qaeda pueden ser muchas. Las imágenes de las torturas a presos en la cárcel iraquí de Abu Ghraib y la filmación vía celular de la ejecución de Saddam Hussein, hoy disponible para todos los que quieran verla en YouTube, montaron un revuelo internacional en torno al sadismo del ejército estadounidense, a la violación sistemática de la Convención de Ginebra y a sus peculiares maneras de “hacer justicia”. Obama no quiere caer en los mismos errores: no queda bien que un presidente que porta el Premio Nobel de la Paz ande mostrando cadáveres como si fuesen trofeos, no importa que se trate del cadáver del hombre que pergeñó los atentados terroristas más sofisticados y sincrónicamente destructivos de la historia.

Y aunque nos mostrasen esas fotografías, ¿quién nos prueba que no son retratos retocados, falseados, inventados? Con la tecnología disponible hoy en día, ¿qué acredita, finalmente, una foto? Como representación de Bin Laden lo único que nos quedará son las lúdicas al estilo de Kuma Games, las tazas que dicen “Bye bye Osama” y las remeras impresas con “Obama got Osama”. Y por supuesto, los videos que el Pentágono está soltando con cuentagotas y sin sonido.

El grupo de Facebook “Bin Laden ha muerto. Dejadme llevar champú en la maleta” sugiere desde la ironía que la concepción de seguridad que siguió a los atentados del 11 de septiembre es la consecuencia de los actos de un solo hombre: Osama bin Laden. También plantea tácitamente que las represalias que tomó Estados Unidos y que devastaron el tramado de convivencia de sociedades enteras, es igualmente la consecuencia de los actos de un solo hombre: Osama bin Laden, o deberíamos decir, Osama Big Laden, un todopoderoso cuyo asesinato se celebra y cuyo cuerpo digitalizado será más difícil de encontrar que sus restos en el mar.

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