Hace una semana que estoy en Tbilisi, república de Georgia. A veces se parece a Valparaíso, a veces a Innsmouth, pero sobre todo se parece a Georgia. Especialmente, Tbilisi es muy parecido a todo lo que no pensaba que iba a parecerse. Sabía que debía haberlos, pero en mi imaginación no había edificios de la era soviética ni tampoco un presidente que ha llenado las colinas de luces absurdas y que según mi amiga “es responsable de cada foco que hay en la ciudad”. En mi ideario ingenuo, Tbilisi permanecía en la era de los reyes y de las fortalezas de piedra, y la ciudad se mantenía lejos del tiempo, sin huellas de las guerras, de la URSS, de la pobreza o de Mc Donald’s.
Me comprometí -conmigo misma- a escribir una enormidad sobre este lugar. La verdad es que no puedo, o no puedo todavía. Tendrá que ver tal vez con que tengo amigos en esta ciudad y no se hace tan fácil escribir sintiéndose ajeno a los afectos. Con esto quiero decir que se impone un compromiso sanguíneo; que uno no puede llenar líneas alegremente con percepciones desde el plano general y vagos párrafos leídos en las noticias. El cariño hacia alguien te pone en primer plano, el más complejo.
¿Entonces por dónde empezar a escribir desde aquí? Puedo decir que estoy viviendo en una oficina -exactamente en la cocina- de un departamento en el varrio Vere, a una cuadra de la avenida Rustaveli, la más importante de la ciudad. Puedo decir que la plaza que solía llamarse Lenin ahora se llama Libertad, y que cuando Georgia se independizó de la URSS en 1991, mi amiga recuerda la avenida como una alfombra de casquillos de balas. Puedo decir que es una ciudad hermosísima, pero a la que se le entra recién después de unos tres días. Es natural: algo que no se entiende ni se espera no cala rápido en la psiquis -además está el jet lag. Como sea, no debe haber balcones como los de Tbilisi en todo el mundo, abombados, alargados, con inscrustaciones en piedra, de hierro labrado, por todas partes. Salir a los balcones. Algo hay en eso pero aún no sé qué es. Luego las calles, en pendiente. Por eso me recuerda a Valparaíso. Por eso y por su vejez: la mayor parte de la ciudad se eternizó en un estado de perpetua decadencia. El tiempo se detuvo, nada se desplomará; hace décadas que ese edificio gris de aquella esquina dejó de derrumbarse para seguir derrumbándose por siempre.
Se habla poco inglés en la ciudad, como enValparaíso y también en Buenos Aires. Recién fui al kiosco de la vuelta a comprar una cerveza; Angelina me fió tres laris con veinte por una lata de maní. Ya me entiendo con Angelina. Hasta ahora todo lo que le había comprado eran pañuelitos descartables; con el gesto de sonarme la nariz bastaba. La cerveza fue más difícil: “beer, biere, glu glú”. Sacó la cerveza nacional y mi amiga me ha dicho que es horrible y le creo, entonces hice un gesto con el índice dando una vuelta hacia adelante y diciendo como boba “otra, otra”, también entendió. Y escribió en su cuaderno de fiados: “Ana de Argentina, tres laris con veinte”. Los pago a la mañana pero estaré en ese cuaderno durante años.
Ayer fui a darme uno de los famosos baños de azufre. Pedí una habitación individual, iba a pedir una pública pero luego tal vez me moría de pudor de andar desnuda entre las gente –no se lleva traje de baño-. También pedí un masaje, que consiste en que una mujer, también desnuda (y en mi caso, enorme), te pase una esponja rasposa y te lave el pelo. La habitación tenía una piscina hirviente para una sola persona. El agua huele a azufre, sulfuro, te pasan la esponja y te quitan unas capas de residuos citadinos que ni sospechabas que tenías entre la piel. Me compré a la salida una de esas esponjas.
Esta tarde me fui con Igor, el chofer de la oficina de mi amiga, a Gori, la ciudad en la que nació Stalin. Igor tiene un doctorado en física y hace tres días, cuando me llevó a Mtskheta, la antigua (antes de Cristo) capital de Georgia, me señaló en el camino la planta nuclear en la que había trabajado durante años. Ya ven. En aquel viaje había tres georgianas que hablaban inglés y pude comunicarme mucho con Igor. Hoy éramos solo él y yo en el auto. Le dije: bodishi, ar vitsi kartuli (perdón, no hablo georgiano), se rió y me dijo lo mismo pero con inglisuri. Largo ahora escribir sobre el museo de Stalin, pero diré algo sobre Olga, la guía, vestida de rosado y encantada por el hecho de que una argentina y un paraguayo que estaba en la misma visita (¡de tan lejos los dos, tarde latinoamericana!) estuviésemos en la pequeñísima ciudad de Gori. Olga tenía un pequeño palo rosa parecido a una batuta con el que señalaba y describía cada una de las fotografías de Stalin: acá está con la cúpula del partido, acá con Winston Churchill, acá con su mamá. Hay “víctimas de la represión” pero te cuentan esa parte al pasar y como si hubiesen muerto un poco porque sí, no porque Stalin se encargó del asunto. Crazy place.
Después, esta misma tarde, fui a un campo de refugiados en las afueras de Gori. Refugiados de la última guerra, la de 2008, cuando “Misha”, Mikheil Saakashvili, el presidente de Georgia, lanzó de pronto una ofensiva militar para ¿reconquistar el territorio? de Osetia del Sur, una zona de la que bajaron ríos de sangre tras la independencia de la URSS. Después de la dislocación casi toda Osetia del Sur proclamó una independencia de facto. Dicho en pocas palabras: una provincia que no ha sido reconocida internacionalmente como independiente de Georgia, pero que desde hace dos décadas goza, en la práctica, de una suerte de independencia bajo protección rusa. Un conflicto separatista que estoy explicando poco y mal porque no lo entiendo del todo. Fui a un campo de refugiados en el que viven georgianos del poblado de Tskhinvali –en Osetia- que perdieron todo en esa guerra de 2008. Es un barrio con casas, no una explanada con carpas. Ese campo se levantó con dinero alemán. Hablé con cinco mujeres muy arregladas, muy bonitas, muy dignas y que tenían cierta importancia en esa comunidad de refugiados. La chica que tradujo por mí me dijo que es muy probable, lo más probable, que hayan mentido en algunas respuestas. Para que yo las percibiera mejor de lo que en realidad estaban. Más felices. Y que están podridos de responder preguntas, de recibir al gobierno y a ONGs y que nadie haga nada por ellos, que nadie los salve.
Volví a Tbilisi y fui a cenar. Comí khatchapura (una tarta rellena de queso) y un plato ruso y caliente, una especie de ravioles de carne deliciosos nadando en salsa agria. El frío ya llegó a la ciudad; llovió todo el día, Igor puteaba por el tránsito que ya es bastante desastroso sin tormentas.
Me voy a dormir sin haber escrito nada sobre las iglesias, los festines, el vino blanco, el alucinante monasterio de Davit Gareja, el chico que pide monedas a la salida de un cruce subterráneo.
En fin, a la noche, en casa de mi amiga, nos pusimos a ver las noticias en la tele. Había un campo de refugiados de un país africano, de algún país africano, cuando pasó la noticia ninguna de las dos había captado, entre la charla y su niño que daba vueltas por ahí, de qué país africano se trataba, ni de qué provincia, ciudad y poblado. No sabíamos nada. El mundo sabe muy poco acerca del mundo.





¡Buenísimo, Ana! Al leerte uno casi puede sentir que conoce el mundo… o Georgia, en este caso… ¡Buen viaje!
Como me gusta tu modo de contar… abrazo. Sibila.-
Excelente comentario.Besotes
tranquila
jaja, me salió eso de “tranquila” pegado de un mensaje viejo! hermoso viaje, un beso!
Jijiji
Igual ahora me voy a trabajar así que necesito lo de “tranquila”
“Me voy a dormir sin haber escrito nada sobre las iglesias, los festines, el vino blanco, el alucinante monasterio de Davit Gareja, el chico que pide monedas a la salida de un cruce subterráneo.” Ya pasaron unos cuantos días, podrías revivir esos momentos y contar lo que no tuviste tiempo.
Hola. Me encantó Georgia!
Chicos os invito a una pagina que he creado e facebook ,,Georgia Perla de Caucasia,, donde podeis encontrar mucha informacion.Saludos
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