Una ha ido a la facultad, ha tenido tres años obligatorios de sociología, ha leído a Marx y a Engels y se ha recibido airosamente. Una es de clase media, ha mamado la cultura occidental y sin quererlo, parte de la cristiana; ha tenido que debatirse entre sus propias contradicciones y, en fin, le ha tocado vivir desde la primer bocanada de aire en este mundo cruel.
Una es, como todos, el resultado de una suma de complejidades y está abrasada por las venturas y desventuras políticas que marcan el rumbo de la sociedad en la que se pasa las horas, los días y los pensamientos. Una ha leído sobre “la burguesía”, y cree que la entiende. Ve, por ejemplo, “Teorema” de Pasolini y dice: “ah, esa es la burguesía”. Ve, por ejemplo, “El ángel exterminador” de Buñuel y dice: “ah, esa es la burguesía”. Se ve en el espejo y a pesar suyo debe admitir: “ah, esa es la burguesía”.
Hasta que un día, gracias a su feed virtual cotidiano y al fantástico sitio Letters of note se topa con la carta que un señor llamado John Snyder le escribió a su padre tras haber sido víctima y testigo del naufragio del Titanic. Un señor que estaba terminando su luna de miel, que para volver a casa había comprado pasajes en la clase acomodada del mejor barco del mundo, y que tenía una esposa lo suficientemente asustadiza como para llevarlo a cubierta no bien el crucero tembló en medio de la noche. Los Snyder fueron de los primeros en subirse a un bote salvavidas semi vacío y alejarse del bajel para presenciar el desastre desde una distancia segura. La carta dice, entre otras cosas, lo siguiente:
“Una vez que nos alejamos del Titanic nos dimos cuenta de que la línea recta de ojos de buey (Nota de la blogger: las ventanas inferiores) desaparecían bajo el mar, una línea, dos líneas, y finalmente la proa se sumergió. Supimos entonces que el mejor navío del mundo estaba condenado…”
“Pasamos varias horas de ansiedad hasta que finalmente avistamos al Carpathia entre las 4.00 y las 4.30. Remamos a su encuentro y a las 5.30 ya nos sentíamos mejor. No puedes imaginarte cómo nos sentimos, y estoy seguro de que el Señor tenía su mano en la de Nelle y en la mía. Los dos estábamos completamente vestidos. Nelle llevaba encima cada prenda de su traje de invierno: un suéter, su impermeable largo, su piel de visón, su gorro, zapatos de taco alto, etc. Yo tenía puesto mi traje, un suéter, mi abrigo de invierno, zapatos. Estábamos tan vestidos como era posible…”
“Nelle se pesó ayer y mostró un aumento de 20 libras desde que nos casamos. Bastante bien, ¿eh? Espero que recibas esta carta y estaré encantado de verte en casa”.
La carta de Snyder me ha asaltado una y otra vez en los últimos días. Es que hay tanto que no dice. ¿Y los gritos de los 1500 (mil quinientos, piensen, mil-quinientos) que vio morir? ¿Y el frío pavoroso, indescriptible, de ese aire que respiraban? ¿Y el ruido inimaginable del barco al quebrarse? ¿Y sus compañeros de bote? He pensado que quizás Snyder estaba en shock cuando escribió a su padre. Que eligió decirle que estaba vivo, tranquilizarlo con frivolidades y que luego, más sereno y “en casa”, le contaría con detalles lo sucedido. Me digo: “Snyder estaba traumado y apocado y por eso describió con tanta parquedad las cosas”.
Pero también me asalta la seguridad de que una vez que toda la familia se reencontró en Estados Unidos, Snyder se sirvió un whisky y habló de la bolsa de valores. Y el Titanic y todos los sufrimientos que culminaron en una tumba helada no eran para él un trauma reprimido sino una experiencia olvidable, un recuerdo apenas frío, porque Nelle tenía encima su piel de visón y él su abrigo de invierno.
Es probable que esté sumamente equivocada respecto de la insensibilidad burguesa -y en tiempo real e histórico- de Snyder; esa que tanto intentó Pasolini reflejar con una saña deliciosa y maligna en “Teorema”. En fin, nunca lo sabré. Pero de algo sí estoy segura: cuando no quedan testigos, las cartas y los diarios son el ADN de una persona. Será quizás injusto, y sin duda acotado. No puede juzgarse a nadie por algo que deja escrito por ahí, menos en circunstancias de presión nerviosa. De todas maneras me cuesta entender que alguien haya elegido ennumerar prendas de vestir en lugar del terror a morir, del sufrimiento helado, o en lugar de llamarse, sencillamente, al silencio.





Querida Ana, “el dulce encanto de la BURGUESIA”. Desde siempre les ensenian a no llorar a los gritos ni a reir a carcajadas, a ser muy educaditos. No mostrar los sentimientos. Las frivolidades forman el eje esencial de sus vidas, y cuando se dan cuenta que no amaron con toda el alma, que no disfrutaron de amaneceres ni lluvias, ni de los viajes, porque no supieron mirar ya es tarde. “Pobrecito mi patr’on , cree que el pobre soy yo”. Como estoy a miles de km de mi tierra (y sin ser burguesa se me ha dado conocer muchas culturas y disfrutarlas,) no se como diablos se maneja este teclado.
Besotes
Muy buena la página de las cartas. Realmente no la conocía. En cuanto al sentimiento frívolo de Mr. Snyder, está buena otra frase de la epístola es: “No puedo contarte todo sobre esto (el hundimiento), porque tomaría mucho tiempo y llenaría un libro”. Igual, hay que tener en cuenta que los hechos históricos se convierten en eso después de pasado un tiempo.
¿Viste qué maravilla la página de las cartas?
Con respecto al hecho histórico, creo que Mr. Snyder sabía que estaba ante uno; después de todo se hundía el mejor barco del mundo. De hecho reconoce que la tragedia merece un libro, pero no tiene tiempo para escribirlo
Maru me arregló el teclado a lo argentino, ahora puedo escribir mejor. Me siento como Mafalda ante las otras opiniones. A mí me duele como murió Belgrano, cómo murió Moreno, y son hechos históricos. Yo no creo que los hechos históricos se conviertan en un cuento de frivolidades. Eso depende de quien lo lea y cómo lo lea.
Besotes
Ministra, tengo mucho para decir, pero fiaca. Hagamé acordar que el lunes le taladro el marulo con reflexiones. Bon weekend. L