Hace no tanto me dijeron que me falta picardía y que soy una “periodista de cultura seriecita”. Es decir: me está faltando un desacartonamiento a lo cool que la prensa actual exigiría. Psé, un desacartonamiento que a veces se parece bassstante al amarillismo; un desacartonamiento que pone la fé en el dinero y no precisamente en el talento o el crecimiento profesional del staff. La verdad que me está friendo la paciencia esto de no dar casi nunca en el clavo con las notas que propongo. A veces es muy ingrato ejercer el periodismo freaklance. Hay quienes atribuyen todo a la competencia (“y, es difícil: en Buenos Aires levantás una piedra y salen veinte periodistas”). Otros atribuyen la mala pata a cuestiones monetarias o al amiguismo (“me dijeron que no porque no tienen presupuesto” o “claro, pero a aquél le publican todo porque es amante de la editora”). Otros se lo toman como algo personal (“ese editor no me quiere” o “nadie me quiere”). Otros están a punto de tirar la toalla (“soy poco interesante” o “¿quién me manda a mí? Tendría que haber estudiado gastronomía”). Y ahora me entretendré haciendo una clasificación de editores:
El mudo: no contesta nunca.
El conciliador: un no rotundo, pero agrega que reconoce el esfuerzo y la ingratitud del oficio, gracias, vuelva pronto.
El zalamero mala onda: te ha dicho que no, pero agrega que inisistas porque tu material le interesa. Al insistir, proponiendo una vuelta de tuerca, te dice cosas como “mirá, amor, acá pedimos otra cosa” o “no, corazón, así no es” o “chiquita, ya te dije que no”.
El adicto a Martín Caparrós: hasta que no leas a Martín Caparrós, copies su estilo y te dejes crecer el bigote, no podrás colaborar en su medio.
El horroroso: acepta la nota con entusiasmo. Y al editarla le vuela una página entera.
El hijo del rigor: te encarga o acepta una nota que ofrecés. Mientras la escribís te llama unas cinco veces para decirte de mal modo cómo encararla. Al recibirla te reta feo por haber hecho algo sin consultarle. Al responderle poniéndolo en su lugar (“¡no me grites!”), te tratará bien para siempre.
El chiflado: le conseguís una exclusiva digamos, con Woody Allen o Salman Rushdie, y te contestará con igual entusiasmo a que si le hubieras ofrecido un saquito de té la virginia.
El maniatado: siempre tiene que hablarlo con un “superior”. Jamás contesta.
El comparador compulsivo (también conocido como el “Si no es primicia universal no sirve”): “Algo así escribió Juan de los Palotes para Babelia hace cuatro años”; “Algo parecido salió publicado en el suplemento cultural del octavo diario con mayor tirada de Lisboa”; “Pero eso salió en un blog de Idaho la semana pasada”.
El maravilloso: te encarga o acepta una nota que ofrecés, y al recibirla te llama para felicitarte. O al menos, para avisar que la recibió. Hay uno entre mil.