Original de la nota publicada en diario Perfil, Buenos Aires, Argentina, 11/03/07
Quienes hace 70 años tenían por costumbre leer los obituarios de la edición vespertina del Providence Journal, se encontraron con el siguiente resumen: “H.P. Lovecraft de Providence, R.I., falleció ayer en el Jane Brown Memorial Hospital. Tenía 46 años. El Sr. Lovecraft vivió casi toda su vida en Providence. Era escritor”.
La ciudad de Providence es la capital del estado de Rhode Island, el más pequeño de Estados Unidos (cabe varias veces en Tucumán) y también uno de los menos célebres. Ubicado en la costa noreste del país, fue sin embargo la primer colonia en proclamar su independencia de Inglaterra y más tarde la última en adherir a la Constitución de la nueva nación. Sus habitantes deben resignarse a que buena parte de sus compatriotas confunda continuamente su tierra con una isla, o que sólo pueda describirla como el paso obligado entre Boston y Nueva York. Dicen que cobró algún renombre a nivel nacional a partir de la emisión de la olvidable serie de NBC “Providence”, en el aire entre 1999 y 2002 y filmada, en realidad, en Hollywood. Bien lejos de la acotada fama televisiva, la comunidad académica reconoce en la Universidad de Brown a una de las más prestigiosas instituciones educativas de Estados Unidos. Fundada en 1764, se eleva sobre el pintoresco barrio de College Hill, poblado de grandes casas coloniales con torrecillas de cúpulas cónicas u octogonales y no menos de tres chimeneas. Por sus calles, durante la noche, le gustaba caminar al joven Howard Phillips Lovecraft. El obituario del comienzo no podía prever que el escritor sería más adelante traducido a una docena de idiomas, objeto de cientos de estudios y comparado con su admiradísimo Edgar Allan Poe. Lovecraft tampoco podía saberlo.
Providence
A H.P. se le han adjudicado varias funciones: padre de la ficción macabra, mentor del horror cósmico, creador de una de las cosmogonías más excéntricas del siglo XX. Cómo un hombre conservador, puritano y enamorado de los valores dieciochescos, llegó a concebir a esos seres Primordiales que poblaron la tierra hace millones de años, dotados de una sabiduría completa y de un aspecto aterrador, será siempre parte del misterioso proceso de la creación humana. Sin embargo, aparecen algunas pistas cuando se conocen ciertos datos sobre su vida. Lovecraft nació en la calle Angell 454, en casa de su abuelo paterno, el 20 de agosto de 1890. Casi no conoció a su padre, quien fue internado en un sanatorio para enfermos mentales cuando Howard tenía tres años. Su madre, Susie, vivió la locura y muerte de su esposo con enorme dramatismo y volcó todas sus neurosis en su pequeño hijo. A la vez que lo sobreprotegía y lo consentía en todo, le decía a la gente que era “feo” y le contagiaba de toda su imaginería sobre enfermedades nerviosas y debilidad congénita. Como consecuencia de esta peculiar crianza, Lovecraft se convirtió en una criatura nocturna con gran afición a los dulces y que detestaba los platillos “difíciles”, como el pescado. A la vez sufría recurrentes crisis nerviosas y síntomas de hipersensibilidad, previsiblemente de origen psicosomático, que le impidieron terminar el colegio y entrar en la universidad de Brown, como había soñado. Esto no impidió que fuera una persona asombrosamente precoz y culta. Creció rodeado de la enorme biblioteca de su abuelo, Whipple Phillips, hombre instruido y aficionado a la astronomía. A los cinco años Las mil y una noches se convirtió en su lectura favorita, y por esos tiempos se dio el apodo de “Abdul Alhazred”, que en su obra adulta se convertiría en el árabe loco, autor del libro maldito Al Azif o Necronomicon. También le gustaban los libros antiguos y de ellos conservó para su propia literatura los arcaísmos ingleses. En esa biblioteca, además, descubrió tempranamente a Edgar Allan Poe.
Tiempo después se entusiasmó con la química y la astronomía, llegando a publicar boletines científicos que repartía entre parientes y compañeros de juego. Su vida sufrió un traumático giro a la muerte de Whipple; la decadencia de la fortuna familiar y la acotada herencia llevó a su madre a mudarse al piso bajo de una casa cercana. Respecto de esta mudanza, años después Lovecraft escribía: “sentí que había perdido mi completo ajustamiento en el cosmos”. Dicen que por entonces contempló la idea del suicido, pero también fue por entonces que inició, sin saberlo, su legado literario. En 1905 dio forma a “La bestia de la cueva” y en 1908 a “El alquimista”. Ese año abandonó la escuela secundaria, y se convirtió prácticamente en un recluso, pasando largos períodos de embotamiento hasta 1913. Susie nunca hizo nada por que su hijo se preocupara por obtener medios de vida y éste, convencido de que su falta de salud le impediría sostener cualquier empleo, nunca se ocupó de emprender seriamente un oficio. Por entonces ambos gozaban en el vecindario de una fama de, por lo menos, “raros”. A Lovecraft le gustaba dar largos paseos nocturnos por College Hill. Su figura era tan larga y su tez tan transparente que solía asustar a los niños que jugaban por ahí. Su paso, sin embargo, era animado, y es que las casas solariegas, las cúpulas de mármol o bronce enmarcadas por los antiguos árboles y el silencio casi espectral que se cernía sobre toda la colina, le hacían entrar en una especie de trance mágico; dicen que perdía la noción del tiempo y que no reconocía a nadie que se le atravesara. Susie, por su parte, y ya mostrando los signos de locura que la llevarían años después al mismo sanatorio en el que muriera su marido, decía nerviosa a algunas vecinas que había criaturas misteriosas detrás de los edificios, acechando en cada esquina.
Sus aventuras
En 1913 Lovecraft abandonó felizmente su etapa de postración, cuando armó un debate epistolar respecto de una publicación en la revista pulp The Argosy. Su prosa llamó la atención de la Asociación Nacional de Periodistas Aficionados, que lo invitó a formar parte. De esta manera H.P. publicó durante ocho años su propio diario, The Conservative y colaboró con ensayos y poemas en muchos otros. También retomó la literatura con “Dagon” iniciando el verdadero mundo de ficción lovecraftiana. Aceptó trabajos de edición y corrección de textos, que le supusieron algún ingreso aunque siempre fue demasiado generoso a la hora de cobrar.
Mantuvo una nutrida correspondencia con otros aficionados y recibió visitas. Éstas cuentan que cuando su madre estaba por casa, Lovecraft se mostraba retraído y nervioso; en cambio cuando los encuentros eran fuera, era locuaz y dueño de un excelente sentido del humor.
Su madre fue internada con una crisis nerviosa en 1919 y en 1921 fallecía tras una operación. La muerte fue un duro shock para Lovecraft, pero las dos hermanas de Susie, Lillian y Annie, decidieron cuidar del no tan joven de 31 años que, una vez más, no tuvo que hacerse cargo por completo de sus medios de vida.
En julio de 1921 conoció en Boston a su futura esposa, Sonia Greene, una mujer judía siete años mayor que él. El racismo y antisemitismo en Lovecraft son tan reales como contradictorios, y su enlace con Greene, una de las pruebas más evidentes de lo laxas que podían ser sus afirmaciones. Durante sus últimos años Lovecraft abandonaría o moderaría sus ideas reaccionarias, fruto tanto de la sociedad conservadora en la que había crecido y de su crianza de niño mimado, como también, tal vez, de sus propias inseguridades e impotencia para hacerle frente a los deberes más básicos de la vida.
Se casó con Sonia en Nueva York y era ella quien sostenía económicamente el hogar. Él entretanto había logrado colocar algunos cuentos en la revista Weird tales y escribía para el escapista Houdini. Al principio estaba muy entusiasmado con la ciudad y tuvo una vida social activa. Pero al cabo de dos años volvió a Providence sin su mujer, hastiado del progreso irrefrenable de la gran urbe y de todas las “etnias” que llegaban a asentarse día a día.
Su regreso
Lovecraft se mudó con sus tías al nro. 10 de la calle Barnes, y lejos de encerrarse en sí mismo viajó bastante, continuó escribiendo cartas (unas diez por día) e inició la etapa madura de su literatura, la que más adelante su protegé, amigo y editor post-mortem August Derleth daría en llamar “Los mitos de Cthulhu”. Relatos como “El caso de Charles Dexter Ward”, “La sombra fuera del espacio”, “El morador de las tinieblas” y “El llamado de Cthulhu” transcurren por completo en Providence y en casas de College Hill, donde sus personajes, en su mayoría científicos eruditos, se ven forzados a rendirse ante la evidencia de que antiquísimos horrores pueblan el cielo, y su prole las oscuras profundidades del mar, esperando el momento en que alguien de nuestra especie –diminuta, insignificante- abra la puerta dimensional que despierte a sus dioses y les permita volver. Según Lovecraft, la gran epopeya de estos seres fue escrita por Abdul Alhazred en el Necronomicon hacia el año 700. Varios de sus corresponsales más estrechos, como Robert E. Howard, Clark Ashton Smith y Robert Bloch escribieron en la misma línea, en lo que se conoció más adelante como “El círculo de Lovecraft”, y en el que abundaron muchos otros libros ficticios (De Vermis Mysteriis, el Libro de Eibon, los Manuscritos Pnakóticos). Lovecraft es puntilloso al describir las gigantescas ciudadelas en las que vivían estos Primordiales, y el género bizarro está en deuda con sus tentaculares criaturas. Los años transcurrieron. Su querida tía Lilian murió y se mudó por última vez de casa, con su tía Annie, al 66 de College Street, en 1933. Cada vez se le hacía más difícil vender sus relatos, largos y demasiado complejos para las revistas de ciencia ficción, por lo que se ganó la vida corrigiendo e incluso escribiendo para otros autores. Muy tarde le diagnosticaron cáncer intestinal; fue internado en el hospital Jane Brown el 10 de marzo de 1937, donde fallecía 5 días después.
Sobre sí
¿Qué tan en serio se tomaba Lovecraft a sí mismo? Una sola mala crítica contra diez buenas lo obsesionaba; un rechazo lo devastaba. Recurrentemente pensó en abandonar el oficio pero nunca pudo, del mismo modo que nunca pudo ser feliz lejos de Providence. Sus extrañas fantasías eran acaso el tributo a la ciudad que tanto amaba. En su ensayo “Notas sobre el arte de escribir cuentos fantásticos” de 1934, escribe: “Siempre existirá un número determinado de personas que tenga gran curiosidad por el desconocido espacio exterior, y un deseo ardiente por escapar de la morada-prisión de lo conocido y lo real, para deambular por las regiones encantadas llenas de aventuras y posibilidades infinitas a las que sólo los sueños pueden acercarse: las profundidades de los bosques añosos, la maravilla de fantásticas torres y las llameantes y asombrosas puestas de sol”. Providence era para él ese mismo sueño vuelto vigilia. En sus relatos, la vividez con la que describe las ciudades, las cúpulas, las iglesias y los retorcidos árboles, son más inquietantes que los Primordiales, los soggoths o los descendientes malformados. En una carta que escribió a su tía en 1926 admitió: “Mi vida no está entre la gente, sino entre el entorno físico. Mis afectos locales no son personales, sino topográficos y arquitectónicos. Soy dogmático sólo en la medida en que digo que debo tener a Nueva Inglaterra, de una manera o de otra. Providence es parte mía: Soy Providence”.

El mejor corresponsal de la historia
Para alegría (o pánico) de los biógrafos, Lovecraft llegó a escribir por lo menos 100 mil cartas y a mantener simultáneamente entre cincuenta y cien corresponsales. Generalmente respondía a las misivas que recibía el mismo día y si se demoraba un poco se excusaba en todo el primer párrafo. Buena parte de su epistolario se encuentra hoy en la biblioteca John Hay, de la universidad de Brown y cualquiera puede acceder a su lectura, pero a través de ordenadas fotocopias. Su letra es apretada, achatada y no del todo legible en un primer momento. Solía terminar las cartas con un “¡Dios salve al Rey y a las plantaciones de Providence!”, o firmando con un “Abuelito”, en lugar de su nombre. A su tía Annie la llamaba “Mi querida nietecita” y a sus compañeros escritores les ponía apodos, como “M. le Comte d’Erlette” a August Derleth (nombre utilizado en sus ficciones para el autor del Culte des Goules) o “Mortonius” a James F. Morton, quien a su vez se llamaba a sí mismo “Plantagenet” y llamaba a Lovecraft “Glorioso Guardián de Glamorosa Grandeza Georgiana”. Buena parte de sus cuentos se encuentran en dorsos de cartas recibidas, como el manuscrito completo de “El que susurra en las tinieblas”. Las notas iniciales de “En las montañas de la locura”, están en un sobre en el que ya no puede distinguirse el remitente. Allí incluso dibujó el diseño de los “soggoths”, con puntillosas descripciones de su fisonomía y de sus colores.
