La verdad que no entiendo qué he hecho en todo el año para estar ya en octubre. Más uno crece más extraña se vuelve la memoria. Para acordarme de qué estaba haciendo hace dos semanas, tengo que mirar la agenda: “ah, sí, ese martes fui al doctor”, “ah, sí, ese jueves hablé por teléfono con mi hermana, la que vive lejos”, “ah, sí, ese fue el día en el que me caí al suelo; lo recuerdo porque fue el día que vi a Cecilia, lo recuerdo porque lo anoté en la agenda”.
Cuando uno es chico hay días que son como una larguísima siesta, cada minuto vale su peso en el tiempo que ahora uno dice que necesita y no encuentra. Hay un dicho que me gusta, creo que es de Jonathan Swift: “la gente que menos tiempo tiene es la que menos cosas hace”. Como sea, haga o deshaga uno, ya estamos en octubre.
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Ya octubre
Octubre 12, 2009 · 1 comentario
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¡Vienen las águilas!
Septiembre 9, 2009 · 1 comentario
Tal el grito de Bilbo Bolsón cuando, a punto de perder las esperanzas y la fuerza por centésima vez, ve a lo lejos unas formas oscuras que se trazan contra el atardecer anaranjado que marca el fin de la Batalla de los Cinco Ejércitos. Eso ocurre en el penúltimo capítulo de El Hobbit y viene a cuento porque Cristian Alarcón, maestro de la crónica y al momento mi maestro también, acaba de inaugurar un espacio para que todos sus alumnos y él mismo vuelquen el trabajo que vienen haciendo con puntillosa pasión, a veces frustrándose como el pobre hobbit, y a veces con el ímpetu de esas águilas, que es el mismo ímpetu que Bilbo siempre llevó dentro aunque no lo supiera.
Pasen y lean: http://www.aguilashumanas.blogspot.com
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“Ni saben siquiera que están en el infierno…”
Julio 28, 2009 · 8 comentarios
Volvé, Cortázar, y enseñanos a escribir. Una crónica tremenda de Julio Cortázar, publicada en Último round, 1969. Aconsejo imprimir y leer en un momento de tranquileza.
Turismo aconsejable
La niña está sentada en las losas de la plaza, jugando con otros niños que se pasan de mano en mano un trocito de cuerda, un fósforo quemado, sumando o restando misteriosos trueques. Está desnuda, tiene unos aros de oro y un adorno que pone una chispa roja en las aletas de la nariz; su sexo diminuto es como una luna naciente entre las piernas morenas. El niño acuclillado a su derecha está también desnudo, y sus nalgas puntiagudas rozan las losas mugrientas cuando se agita para celebrar algún lance de juego. (más…)
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Qué descuido
Marzo 11, 2009 · 3 comentarios
Hombre, cómo estoy descuidando mi blog. ¡Se está llenando de polvo! Ya voy, ya voy, tengo la loca impresión de que mis 3 o 4 seguidores se preguntan dónde estoy (¿lo hacen?), pero vamos que yo también me pregunto lo mismo (no dónde estoy yo sino dónde están ellas y ellos, yo bien sé dónde estoy, entre subtes y errands y trabajo, facultad y sudokus, ay de mí, qué adictivos son los sudokus). Bueno, que ya vuelvo. Voy a ir finalmente a ver a Radiohead, aunque está carísimo, no hay derecho, y finalmente me está gustando mucho In rainbows, era cuestión de escucharlo un poco más y leer las letras. Un amigo mío de EE.UU. siempre me preguntaba cómo era que los latinos escuchábamos música en inglés sin importar si entendíamos la letra o no. Pregunta extraña. No recuerdo qué le contesté, pero imaginate, él se quedará por siempre sin escuchar “Toma la ruta” de Soda Stereo, por ejemplo. Bueno, lueguito vuelvo.
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Feliz happy joyeux
Febrero 7, 2009 · 6 comentarios
Hace dos días este blog cumplió dos felices años, y creo (cree) que la edad le hace bien. ¡Feliz cumpleaños a él! Y un beso grande a todos los que acompañan.
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¿Dónde estás, Richard Yates?
Febrero 6, 2009 · 8 comentarios
He estado floja para postear. Anoche fui a ver la última película de Clint Eastwood. Siempre me ha gustado Clint Eastwood como director, pero “El sustituto” me ha parecido espantosa. Le sobran situaciones por todas partes y está llena de golpes bajos.
Y la semana pasada fui a ver “Revolutionary Road”, que maltradujeron “Sólo un sueño”, pavotes. Me gustó muchísimo, todos se pasan, es una historia intensa, compleja, maravillosamente contada, la he hecho girar en mi cabeza una y otra vez.
Pero… es que nunca faltan las decenas de conciudadanos que salen a decir que la película no sólo no responde ex-ac-ta-men-te al libro de Richard Yates, sino tampoco a su ideario general, a su conciencia creativa, a sus anhelos más profundos, a la mar en coche, con una soltura que a cualquiera le haría pensar que tienen un postdoctorado en la vida y obra de Richard Yates. Y en parte dicen cosas así, intuyo, porque el director, Sam Mendes, es hollywoodiano, entonces la conciencia intelectual porteña progre no puede tolerar ni tomar en serio a un Leonardo Di Caprio -que en la vida real tiene millones de dólares y usa gorrita de beisbol, ¡no nos olvidemos de eso!-, que lleva los ojos anegados de enojo y golpea paredes en una película en la que hace estupendamente el papel de frívolo. Qué aburrimiento me están dando las reseñas de todo, de libros, de películas, de todo. Cada vez leo menos de eso. En fin, que desde hace más de una hora intento descargarme el libro de alguna parte porque está inconseguible en la ciudad. No está ni en español ni en inglés. Sencillamente no está. Y uno tiene que tolerar adjetivadas reseñas que dicen “Richard Yates esto o lo otro, la película es floja aquí y allá”. Qué aburrimiento. Yo quiero leer a Richard Yates, no a alguien a quien tenemos que creerle que lo leyó en tal nivel de conciencia astral que es capaz de especular acerca de lo que Richard Yates anhelaba en la más profunda intimidad de su alma.
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Tras ocho años
Enero 20, 2009 · Dejar un comentario

So long, farewell, auf Wiedersehen, goodbye
I leave and heave a sigh and say goodbye
I’m glad to go, I cannot tell a lie
I flit, I float, I fleetly flee, I fly

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Hasta que me agarró Ibope
Enero 17, 2009 · 2 comentarios
Qué barbaridad!
Estaba, como buena loser que soy, computadoreando a las 23.30 hs. de un viernes a la noche cuando suena el teléfono. Yo pensando que era la amiga A., que bien necesitada está de diálogo en este momento, pero no, era una voz masculina y grabada diciendo que me va a hacer una encuesta sobre la TV. “¡Al fin me enteraré de las cosas que preguntan para hacer el ponderarísimo rating que toman como referente nacional y por el que los medios tan prosaicamente se pelean!” pensé, y seguí al pie de la letra las instrucciones. Primero preguntan la edad, después preguntan si la tele está encendida en casa en ese-preciso-momento (opción #2, no. Estoy en Internet you morons!). Despues preguntan cómo veo TV, si es por cable o qué, luego nivel de educación, y luego sexo y luego… “muchas gracias” y me cortan.
Es decir, en esa entrevista telefónica vienen a enterarse de que una mujer de entre “29 y 41 años” cuyo proveedor es “Multicanal” y tiene “universitario completo o más” no está viendo televisión a las 23.30 hs. de un viernes a la noche.
Ellos sabrán qué hacer con ese irrelevante pedazo de información.
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Preferiría no hacerlo
Enero 16, 2009 · 3 comentarios
Me dejé estar mes y medio y luego me fui de vacaciones, entonces me está tocando revisar más de sesenta clarines y la naciones en busca de información estrictamente relevante para el lugar en que trabajo, a los fines de armar una carpeta de prensa. Cuando agarro las pilas de diarios, de diez en diez, mis colegas, todas mujeres, me dicen cosas como: “¿Todavía no terminás?” o “Qué cosa más horrible, hacer eso…” Tienen razón. Pero lo más horrible no es el dolor de espalda (la búsqueda la hago de pie), ni la tinta negra que me tiñe las yemas, ni el ardor en la palma de la mano cuando llevo ya más de veinte minutos pasando hojas, ni estar armando una carpeta desprolija, no porque no consiga la información relevante, sino porque recorto torcido y me está quedando llena de pegotes, igual que la carpeta de manualidades de cualquier año de mi primaria.
No. Lo horrible es revivir todas las noticias de noviembre a esta parte. F. me dice que tengo que ser más expeditiva, que ha notado que me quedo leyendo las policiales o las internacionales, donde de seguro -quiera dios- no habrá información de relevancia para la oficina. Pero es difícil no hacerlo. Una nena desapareció en noviembre y en enero siguen sin encontrarla. Adolescentes secuestrados y sus familias destrozadas. A los antentados en Bombay le siguen los desastres en Gaza. Cortes de luz, suben los colectivos, sube el subte, las predicciones acerca del calor y la sequía nacional se cumplen. Salí nerviosa y atontada hoy del trabajo, y mientras iba por Florida -pensar que cuando no vivía aquí a veces decía “¿Vamos a pasear por Florida?” y ahora de veras desearía evitarla- me acordé del libro Bartlebly, el escribiente, de Herman Melville, donde el oscuro personaje oficinesco dice en respuesta a cualquier encargo: “preferiría no hacerlo”. Finalmente nos enteramos de que Bartleby ha trabajado, antes, en una oficina de “cartas muertas”, y su tarea era clasificarlas para quemarlas. Cartas que nunca llegaron a su destino pues el destinatario había muerto entretanto. No sé por qué asociación me acordé de eso, supongo que por el bajón de andar manipulado, de pronto, en tres días, kilos y kilos de papeles llenos de desesperanza. ¿Qué hígado tienen los correctores para leerlos todos los días? ¿Qué hígado tienen los que cubren las policiales? De qué hígado carecen los de AFP, Reuters y demás agencias mandando cables y cables de masacres desde sus bonitas oficinas en bonitos edificios de bonitas capitales del mundo… “Es un trabajo”, dirán, “como cualquier otro”.
Anoche vi, por no se cuánta vez, “Deconstructing Harry”. Allí Woody Allen pone en un nivel del infierno a “the media. Sorry, that floor is all filled up…”
Última vez que me dejo estar para hacer este horrible trabajo. Es un trabajo, como cualquier otro. Pero de veras preferiría no hacerlo.
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Vacaciones!
Diciembre 20, 2008 · 6 comentarios
Qué alegrón, mañana me voy de vacaciones, no más compu por un rato; grillos, río y a ver las constelaciones que aprendí en el planetario, y escuchar a mi mamá y a mi hermana que cómo Ana otra vez te traés una malla de viuda en lugar de una bikini. No más deadlines por un tiempo, una bendición para nosotros, los ansiosillos. No más subte B ida y vuelta ida y vuelta ida y vuel por unas semanas. Etc. Y se viene el 2009. Cuando era chica para este entonces yo tendría que estar siendo una astronauta, pero qué vamos a hacerle. Pronto reemplazaría tal sueño por leer las crónicas marcianas, 2001, etc. Voy a hacer un balance. Al final los balances en los blogs son a los fines de incitar los comentarios, así que quien lea siéntase libre de no hacerlos.
Películas: no vi muchas, la verdad. Recuerdo My blueberry nights, que me gustó mucho. Me encantó The happenning the Shyamalan, me encantó Quémese después de leerse de los hermanos Cohen. ¿No country for old men es de este año? Esa también me gustó mucho. Emmm… Vi Sex & the City con la amiga Nats y salimos sintiéndonos pobres y mal vestidas pero igual nos reímos bastante con la película y de nuestros harapos. (más…)
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Direcciones
Diciembre 13, 2008 · 6 comentarios
Sabés que una ciudad ha finalmente aceptado tu presencia cuando te preguntan por una calle y podés dar hasta dos alternativas para llegar a ella.
Mujer del auto: Disculpame, ¿ubicás Olazábal?
Quien escribe: (mirando de lado a lado) Sí, tenés que… tenés que doblar…
Mujer del auto: En realidad quiero ir a Monroe.
Quien escribe: Ah, ¿ubicás Elcano?
Mujer del auto: Sí.
Quien escribe: Bueno, tomás Elcano hasta Superí, ahí doblás a la izquierda y le das derecho hasta Monroe.
Mujer del auto luce dudosa.
Quien escribe: ¿Ubicás Forest?
Mujer del auto más entusiasta: ¡Sí!
Quien escribe: Bueno, entonces tomás Forest, hacés el codito y le das hasta Echeverría, ahí tomás a la derecha hasta Superí, doblás a la izquierda y llegás directo a Monroe.
Mujer del auto duda: ¿O sea que sólo llego a Monroe por Superí?
Quien escribe: es que sino, topa.
Ouch, a quien escribe le salió la mendocinada. Mujer duda.
Quien escribe: es que cualquier otra calle se corta por las vías; la única que no se corta es Superí.
Mujer del auto: bueno, gracias.
Y quien escribe queda entre satisfecha y tristona porque la ciudad ya la ha admitido de tal forma irrevocable que puede dar hasta dos alternativas, sin temor a equivocarse, para llegar a un mismo sitio.
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Memoriacasán
Noviembre 26, 2008 · 7 comentarios
Me pide the boss que elabore una memoria de este año de trabajo. Le pido ayuda a mi papaíto, que en eso es ducho, y me responde por mail de manera clarísima, con copia a toda la familia. Muchas gracias. De veras no hubiera podido comprender mejor el proceso con unotra explicación.
Mi hija menor (me refiero a su edad…) me pide consejos para hacer una memoriacasán. La tarea es por demás sencilla: se consiguen las publicaciones de los últimos 55 años para ver fotografías y comparar labios, el mismo procedimiento para otros puntos del organismo, de frente, de perfil, de espalda, con ropa, con menos ropa, desabrigada. Se realiza una minuciosa revisión de cada parte para ver si se puede reconocer algo propio, porque si no es sobre algo propio, ¿en qué queda una memoria?
Una vez reunidos los retazos de lo que un día fue un cuerpo propio, se los coloca en orden sobre la mesa: 1% de labios originales, 0,00001/2 por ciento de tetas y así sucesivamente. Esta reunión permite elaborar una memoria original, la cual siempre será breve y rica en sentido, lo demás es superfluo, no hay por qué especular sobre el valor de cada siliconazo. Se trata de una memoria sobre lo esencial, si es que a mejante mujer se le puede reconocer algo de esencia.
Así se resuelve el camino más válido para hacer una memoria.
Pero hay otras alternativas, porque nunca faltan las y los jefes con otros puntos de vista que dicen: Ah no! No me interesa la memoria de lo propio, de lo esencial, quiero la de las siliconas. Y ahí sí que te quiero ver! ¿Cómo moverse en medio de operaciones hechas sobre otras, de capas sobre capas, de vericuetos de artificio…? Nada más complicado, hija mía, que una memoria del no ser de un ser.
Moraleja: cuando hagas una memoria trata de colocar lo esencial; si te piden artificios, trata de ir de lo esencial a los artificios; si te piden puro artificio…, pues tendrás que describir algunas cosas e imaginarte otras.
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Sushi con Duchamp
Noviembre 23, 2008 · 7 comentarios
Cuando paso ante la vidriera de una tienda cara, a veces me asalta un pensamiento filantrópico. Por ejemplo: “Pobre señor Sarkany, ha de estar a punto de quebrar al precio al que vende sus sandalias. ¿Quién pagaría 560 pesos por ese parcillo color salmón?” O bien “Hay que hacer algo por María Vázquez; su colección primavera-verano será un fracaso; con lo caros que están los alquileres, por no hablar de la canasta familiar ni de la recesión en Japón, ¿quién desembolsará semejante cantidad por un vestido que usará sólo una vez, oh, María Vázquez, quién?”
Y así.
Cuando S. preguntó a voz en grito, con ese timbre encantador que tiene, quién quería ir a la inauguración de la muestra de Marcel Duchamp en Proa, me anoté de inmediato. Y allá nos fuimos con mi jefa, mi subjefa y sub sub jefa en el batimóvil estatal. Hacía más de un año que no iba a la Boca, más de dos que no pasaba por Caminito o me acercaba al Riachuelo. El auto comenzó a apestar y pregunté si eso era por el agua estancada que se extendía a nuestra izquierda y me respondieron que sí, y recordé el Pantano del Hedor Eterno de Laberinto, y también al jefe de gobierno -cuyo nombre no pondré aquí porque mirá si se atuogooglea y termina echándome- y su promesa de limpiar el riachuelo. ¿Cuánto puede costar una cosa así? ¿Eh?
Nos bajamos del auto y nos aguijoneó un viento helado en los albores del verano. El clima se está yendo al quinto carajo. Entramos rápido a la fundación-galería, me pidieron el nombre para comprobar si estaba en la lista, y cuando fui admitida me separé de mis múltiples jefas y me apresté a ver la muestra, que recomiendo altamente; está maravillosamente puesta. Pero quisiera ir otra vez porque una inauguración te distrae de la obra, es un evento social; es, literalmente “una obra que no es una obra de arte”, justamente el injusto -aunque justificable- título que le han puesto a la gran exposición de Marcel Duchamp en Buenos Aires.
No voy a hablar de Duchamp porque poco sé de él, pero las vidrieras horizontales bajo las que se extienden sus escritos de puño y letra están vivos, y sospecho que si uno se queda allí observándolos, intuirá el quiebre; sabrá hacia dónde iba le monsieur aunque no comprenda del todo esos trazos arañescos. El Gran Vidrio emociona, y sus videos de techos parisinos, proyectados sobre las paredes. Y sus dibujos y especialmente sus fotografías; las que sacó él y las que le sacó Man Ray. En fin, que vayan.
Un piso, dos, y tres. Intercepté la copa de Malbec; la moza era más chica que yo (edad, no tamaño), pero me trató con ese respeto insoportable al que conminan las empresas. Proa celebraba no sólo la inauguración de la megamuestra, sino también su reinuguración como edificio ampliado, luminoso y apto para muestras de-gran-envergadura. En el tercer piso encontré el baño. Me quería retocar la cara de oficina que traía, a saber: lavármela y volverme a pintar los labios y de paso acomodarme el pelo y esas cosas que hacen las mujeres en los baños. ¡Y qué baño! Jabón líquido súper trooper, canillas de diseño, inodoros en los que da lástima hacer pis, tan bien puestitos que están, y una señora con cara de rana, no tanto por sus genes sino por los de su cirujano, allí detenida, mirándose intensamente al espejo. Al salir y avanzar hacia la magnífica terraza, trazada por sillones blancos y mesas negras revestidas de objetitos sin ningún uso posible, descubrí el banquete que estaban preparando para los invitados. Lo primero que vi fue la mesa de sushi, sobre la que se afanaban tres japonesas con atuendos y peinados (¿típicos?) y un japonés que coreaba sus órdenes y nos sonreía a todos menos a ellas. A mí me encanta el sushi. Unos pasos más allá, una gran pasarela de la que emergían racimos de baguettes y grisines de tamaños imposibles, para acompañar siete tipos de ensaladas con ingredientes como:
alcaparras, aceitunas, moñitos fríos, lustrados pimientos, uvas, albahaca, quesitos redondos, tomates cherry, pavo, repollo colorado, mayonesa casera, camarones.
Frente al bar des salades, el de los platillos calientes, con todo y cocina, para que nadie ose decir que lo que se sirve no está recién hecho. Y ya no hay quién se interese por Duchamp, ya el tercer piso se atesta. Cuánto stress el de los chefs, el de los japoneses, el de las mozas y mozos con la bandeja de copas de vino y jugo de naranja y coca regular o light. Al final los únicos que se lo pasan bien son los barmen de la terraza, licuando daikiris de frutilla o durazno y extendiendo capirinhas a las altísimas chicas que sí usan zapatos de Ricky Sarkany, oh revelación, para algunos el mundo se recorta desde tantísimo dinero, y en eso entra el jefe de gobierno con sus patovicas y yo ya voy por el segundo plato de sushi y el Malbec -thank God- no ha logrado envalentonarme tanto como para ir a decirle “qué tal, yo trabajo en una de sus múltiples dependencias, ¿qué onda con el Riachuelo, míster?”, no señor, me quedo en el terracero sillón blanco tratando de no oler la mierda del pantano y concentrada en mi dominio de los palillos, convencida de que aquel muchacho que de a ratos mira por sobre su hombrera de ¿Armani? ¿Calvin Klein? No sé, la ropa masculina es siempre tan igual, en todo caso, ese joven especulador des arts en todo su trilingüismo jamás se fijaría en una chica como yo. Y no es una expresión de deseo, nah, es puro juego de la especulación que suelen inspirarme esos eventos; porque así como mi anteción serpeaba indefectiblemente en las mujeres caras de rana y en los vestidos de miles de pesos, aquel chico acaso estaría atento a las pinturas de labios marca pichiruchi y a las sandalillas compradas en Florida aprovechando el aguinaldo, antes de subirme al subte que felizmente me llevará a casa.
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Mitos urbanos IV: la singular relación entre el estrabismo y la ventisca
Noviembre 7, 2008 · 2 comentarios
Así es. Todavía hay gente que cree que si ponés los ojos bizcos y tenés la mala pata de que el viento justo se levante o de que un amigo perverso te sople la cara, quedarás así para siempre.
La verdad es que yo tampoco dejo que me soplen a los ojos cuando me pongo así. En los momentos en que me entran las ganas de ponerme bizca, que a decir verdad ya no son frecuentes, me voy a dar una vuelta, me cubro el rostro con las manos o me escondo en el baño. Pero ponerse bizca a solas, la verdad, no tiene mucho sentido.
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La antena en el cuello
Octubre 30, 2008 · 8 comentarios
Mi hermana me cuenta: “Aquí (en México D.F.) creen (de verdad, es una creencia) que los temperamentos ansiosos se deben a que en la “nuca” o parte trasera del cuello, existe una antena de energías, a la que se pegan otras energías. La gente muy sensible, o genéticamente predispuesta a hablar con los espíritus (pero que no lo saben, porque el tiempo ha pasado y ya nadie sabe de esas cosas), tiene ese canal más abierto que el resto: son los ansiosos. Es como si tuvieran un enchufe en el cuello. ¿Solución?, pues se hacen “limpias”. Por eso el zócalo se llena de gente humilde y chetos, a los que los indios les pasan unas hojas, huevos etc. por el cuerpo. De ese modo “limpian” la antena, de exceso de fantasmas y energías pegados. ¿No es interesantísimo?, así se calma el ansioso. Cada día una cosa nueva, de esta enorme cultura popular, que difícilmente sale en los libros”.
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Allá abajo
Octubre 28, 2008 · 5 comentarios
El subte es un tren de los bajos del asfalto que sirve para no llegar tarde a todas partes. Es sólo una cuestión de tiempo -dicen- para que un accidente avale la muy arraigada idea de que en este país no hay modo de mantener la vida salva ad infinitum. Es una especulación populi que la catástrofe ocurrirá en la línea B, que goza de la triste reputación de poseer la menor cantidad de extintores por furgón. Durante las mañanas que el subte estira, la gente lee preferentemente La Razón y Clarín, es decir, lo mismo. Hoy Clarín titulaba “Crecen 80% los delitos cometidos por menores”; la tapa de La Razón ponía: “Lo asesinaron frente a su novia en La Reja”. Esas lecturas ofrece el subte cada día; un loop que va de las policiales a las tetas hinchadas de la tele con la misma naturalidad con la que llega de Catedral a Congreso de Tucumán, ida y vuelta, ida y vuelta. Hay una cierta cualidad de infinitud en los subtes; será por eso que un extraño ideario de marketing ha llevado a un cementerio a promocionar sus servicios en las estaciones, sus servicios en el más acá para el más allá. En Florida, el stand que ofrece brochures con las promos por parcela también ofrece hierbas aromáticas. “Reclamá tu hierba aromática”, dice, y podés elegir bolsitas con romero o menta. En la estación José Hernández de la línea D todos los martes hay dos chicas vestidas de verde y blanco que preguntan si conocemos los servicios del lugar en cuestión (o no lugar en cuestión) y la verdad es que nadie las quiere escuchar. Curioso que la empresa no sepa, por ejemplo, que los panicosos la pasan mal en los bajos del subte; es el peor momento para venir a hablarles de la muerte.
Yo leo bastante en el subte, ahí leí completo Salvatierra de Pedro Mairal, El legado de la pérdida de Kiran Desai, hago crucigramas y duermo. Hago sudokus a veces. Siempre voy sentada, no aguanto ir parada. Si es necesario vuelvo a la estación terminal para poder sentarme. La otra mañana apareció una mujer ciega pidiendo monedas; tanteaba con su bastón el piso que se escapa, porque así es el piso del subte: se escapa, y hay que ser valiente realmente para caminar sobre un piso que se está yendo siempre y que no se puede ver. Casi no se notaba que la mujer iba llorando, venía ya con el llanto desde quién sabe cuántos vagones, venía ya con el llanto subterráneo de su alma cuando tropezó con un hombre que dejaba lápices en los regazos y volviendo en sí del llanto le gritó que se fuera, que le dejara el vagón a ella. Para unos el subte es un pasaje, para otros el subte es un destino. Ella, él, yo, aquel, policiales y las tetas de tinelli, caramelos, celulares, maletines, marginales, ex adictos, promociones, hierbas, libros, estaciones, estaciones, estaciones.
Cuando el subte entra en paro los pasajeros emergemos como bichos y desordenamos toda la ciudad.
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Miss Elanias I
Octubre 24, 2008 · 2 comentarios
Trabajo en el edificio de arena; a veces tomo escaleras que nunca tomé y llego a lugares en los que no había estado y confío en que eso seguirá pasando el año que viene y el otro porque cuando ocurre, cuando me pierdo, es como si el edificio respirara. Ya casi termino un libro de la periodista rusa Anna Politkóvskaya; leo y leo la historia de Rusia. Según un estudio publicado hace dos años, allí vive la población más triste del mundo. El libro comienza con un episodio del año 2004: Koni, la perra de Putin, había tenido cachorros y Putin sonreía a las cámaras con su mujeruca detrás, que decía: “Vladimir Vladimirovich está muy contento”, mientras en el norte enterraban a 13 personas que habían muerto en el atentado a un tren. A Anna la mataron en el 2006, y Koni, la perra, todavía vive; hace tres días Putin hizo que le pusieran un dispositivo en el cuello, para comprobar qué tal funciona su nuevo satélite rastreador. El ancho mundo allá lejos, así se llama un cuento de Ray Bradbury, el ancho mundo, pero luego no es tan ancho. Mientras tanto el edificio en el que trabajo es enorme y tal vez nunca termine de recorrerlo, como tampoco terminaré nunca de descubrir todo mi barrio pues aunque creo que ya sí, a veces me encuentro pensando “oh, nunca había visto esa casa” o “¿y ese edificio de dónde salió?” Y hace ya dos años que vivo aquí y recién el otro día me di cuenta de que Pergolini vive exactamente a la vuelta, pues de pronto hemos convergido. Tiene dos Mercedes negros tipo camioneta y una casa de fachada chata color beige que sólo podría llamar la atención por lo sosa y por eso mismo no la llama. Esta mañana estaba en lo de mi profesor que vive en un décimo piso y mientras hacía mate miré por el balcón a la gentecita sorteando los autos y a los autos sorteando a la gentecita, nunca convergen porque si convergieran un día pum y mi profesor no pierde la paciencia conmigo y utiliza muchas metáforas para que comprenda el piano, para ver si en algún momento el piano y yo convergemos y dejamos de estar tan lejos en el ancho mundo.
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Ahí afuera
Octubre 16, 2008 · 6 comentarios
Todos los jueves voy a un curso en el planetario, en el que nos enseñan la eclíptica, que es el camino del sol, y el ecuador celeste, que es la proyección de la línea ecuatorial en el espacio, y lo que eso significa para entender nuestra comprensión del tiempo y reconocer las estrellas. Y nos explicaron que lo que se llama planetario no es la cúpula cóncava que lo hace tan famoso, sino en realidad el aparato en el centro de la sala, que es negro, enorme y extraño y que tiene, en sus irregulares (tentaculares) superficies, el dibujo de las constelaciones y de las líneas que sirven para ubicarlas. Lo que parece nuestro cosmos es en realidad una sucesión de perforaciones iluminadas desde dentro, pero igual cada vez que apagan la luz y el cielo de mentira se enciende en una vía láctea personal, todos allí dentro somos tan felices, sin Plaza Italia y sus incesantes bondis, sin recesión ni bolsas que asusten, sin crímenes ni mafias ni bombas ni guerras ni niños que se drogan ni terroristas que toman escuelas ni soldados que matan familias ni jubilados que venden cosas en el subte cuando debieran estar tranquilos, donde quieran estar. Ya todos podemos reconcer Alfa y Beta de Centauro, no confudimos más Venus con Sirio y podemos reconocer Escorpio. Terminé de leer anoche un libro maravilloso que se llama El curioso incidente del perro a medianoche. Y el protagonista, Cristopher Boone, se pone a veces a mirar las estrellas.
“And when you look at the sky you know you are looking at stars which are hundreds and thousands of light years away from you. And some of the stars don’t even exist anymore because their light has taken so long to get to us that they are already dead, or they have exploded and collapsed into red dwarfs. And that makes you seem very small, and if you have difficult things in your life it is nice to think that they are what is called negligible which means that they are so small you don’t have to take them into account when you are calculating something”.
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El hombre de la bolsa
Octubre 9, 2008 · 6 comentarios
Conocí Wall Street una fría tarde de febrero. Una picardía, porque a pocas cuadras el barrio chino estaba a pleno con los festejos del año nuevo. Y algunos turistas y yo metidos en cambio en esa jungla de cemento desolada que es Wall Street un domingo por la tarde. Ni un arbolito, y cada paso rebotando en ecos contra las paredes. Grises y espejadas paredes.
“Jungla de cemento”, qué imagen ta manoseada. Pero es lo que es.
Nunca pasé por Wall Street en plena actividad; una picardía también. Hubiera sido interesante ver las correrías, escuchar los campanazos desde la calle, ver a los brokers, ver si de verdad están tan apurados como dicen que están, tan conectados y tan jóvenes. En fin, experimentar el núcleo más literal del capitalismo, que es, paradójicamente, el más abstracto. Por eso hubiera intentado entender. Habría frenado a alguien y: “Señor, ¿tiene un minuto para explicarme cómo funciona esto? Señor ¿es cierto que al dólar lo respaldan las divisas de venta de dólares en todo el mundo? En caso afirmativo, ¿eso qué significa? ¿Es verdad que las deudas externas cotizan en bolsa? ¿Y eso qué quiere decir? ¿Es cierto que en lugar de mover dineros de país a país usted mueve bonos que representan dinero? ¿Por cosas así lo llaman especulador? ¿Una acción vendría a ser un pedacito de empresa que a usted le pertenece? ¿Que bajen las acciones significa que la empresa está perdiendo plata y que por lo tanto esa acción no vale nada? ¿Y cuándo una acción se convierte en dinero en efectivo? ¿Por qué usted tiene un televisor plasma de X pulgadas y un pent house en la 5ta avenida comprado con plata invisible?” Tantas preguntas, quiero creer, no se responden en un minuto. No me hubiera enterado de nada por más de que hubiera ido allí en un día hábil.
Una vieja costumbre de las administraciones estadounidenses es tapar sus inseguridades con proporciones desmesuradas, de ahí la banderota que precede la bolsa de valores. Semejante proyección de nacionalismo sugiere tal vez que no estuvieron nunca muy seguros de lo que hacían.
Y vaya cosas, mientras la jungla de cemento parecía como muerta en esa fría tarde de febrero, a pocas cuadras los chinos festejaban, hacían acrobacias y desplegaban sus dragones. Por un instante la imagen tuvo el color de la premonición.
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La llamada
Septiembre 26, 2008 · 7 comentarios
Me llamó para ir al cine. Todo un evento, todo un “Uuuuy, me llamó para ir al cine. Esto va en serio”. Me pasó a buscar en su auto. Todo un evento, todo un “Uuuuy, me pasó a buscar en el auto, mirá que vive lejos y se toma el trabajo. Esto va en serio”. No hablamos mucho en el trayecto. Yo hacía comentarios intrascendentes: “Ah, no sabía que se podía doblar por acá”, o “Qué bárbaro el zanjón con tan poca agua, ¿no? ¿O se dirá ‘poco’ agua? Je je”. Él manejaba todo hecho una seriedad, despacio, sin prestarle atención al poco tiempo que teníamos para llegar en horario a la película. “Uuuuuy, un desapegado de la realidad…”, habré pensado. En ese entonces no sabía si eso era bueno o era malo. Llegamos tarde, pero yo me hice la que no me importaba. La única película que estaba por empezar era La llamada. Yo sabía que era una yanqui de terror, pero como nada me había aterrado desde Los Otros, y antes de esa La profecía de los ‘80, o las gemelitas de El Resplandor, me dije qué bodrio, una de dizque miedo con hachas y boludeces. Pero era lo único que había para ver y lo de menos, en verdad, era la película.
La sala estaba llena. Empezó la cosa. Un video que mata. Qué bolazzzzzzo, pensé, pero en lugar de decirlo miré a mi acompañante con mi gesto especial de qué bodrio. No hubo reciprocidad; de hecho, ni siquiera me miró. Estaba bien erguido, las manitas entrelazadas sobre su regazo y cara de nada. “Uuuuy, un desapegado de la realidad”, habré pensado otra vez y me fui de nuevo a la pantalla, total a qué otra cosa iba a dedicarme. No me dio miedo la deformidad de la chica en el placard, y era la primera vez que veía a Naomi Watts, por lo que no sabía todavía lo buena actriz que era. No sabía muchas cosas en ese entonces y de pronto la película se empezó a poner jodidita… Cuando pasaron el corto fatal, ese que si lo veías te mataba a los siete días, cuando vi las imágenes del video con esa escalera hacia el altillo y la mujer peinándose frente al espejo oval, me empezó a dar miedo en serio. Luego sonó el teléfono y la voz de la niñita (“Seven dayssssss”), y yo ya de lleno en la trama y a medida que pasaban los minutos y avistabas a Samara con ese pelo que le cubría la cara sin sentido alguno, sólo para los efectos del terror y la puta que lo parió, a medida que avanzaba Naomi Watts por la historia de esa horrible niña de orfanato y se adentraba en el misterio para salvar a su hijo de una muerte segura, la gente del cine empezaba a retorcerse, lo mismo que yo. Y estaban todos en pareja o con grupos de amigos, y la única solita era yo, porque cuando en un impulso le apreté el brazo a este chico porque la niña esa empezaba a emerger del pozo (con su movilidad de cámara para atrás, mierda, con su plano por plano en un stacatto deformado), decía, le apreté el brazo, y él siguió impasible, las manitos entrelazadas una con otra sobre su regazo de jean, y la misma cara de estar viendo una campera en un perchero, el agua que queda cuando se sacan los fideos, ¡el colador mismo de los fideos!, la misma cara de nada, siempre, y ninguna reacción al apriete de mi mano. Ya cuando Samara se salió de la tele arrastrándose, me ganó el gemido lastimero: “¡Aaauugaahh!” Y me tapé la cara y elevé las rodillas para tapármela más. ¿Alguna señal de empatía?
No.
Me quedé así un rato. La película siguió, me cubrí los ojos varias veces más, la película terminó, me llevó de nuevo a mi casa, hablé casi nada en el camino esta vez, porque no podía dejar de pensar que Samara saldría de la acequia y se nos abalanzaría no bien el primer semáforo en rojo. Y ahí me dejó en casa. Sola. Me-fue-a-buscar-y-me-volvió-a-dejar. Nunca voy a entender esa cita. Me acosté en mi cama que daba justo a mi televisor y al cabo tuve que cambiarme de pieza. Y hasta hace no mucho le tuve terror a Samara; miedo a meterme a la tina y que de pronto emergiera Samara, miedo a andar por el pasillo oscuro y ver el ojo tras los pelos de Samara, en fin, siempre me ha gustado el terror, pero se pueden ir bien a la mierda con esa película que me dejó traumada, y ahora que ya todo pasó y hasta puedo googlear una foto de ese bicho para ponerla en este post, me pregunto si tanto miedo no habrá provenido en realidad de la amenaza de volver a salir con anodinos de semejante calaña.
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Mitos urbanos III: la viejecita, el loro y el perro
Septiembre 13, 2008 · 4 comentarios
Este mito me lo contaron tres veces. La primera vez lo creí y me pareció una historia magnífica. Es probable que la haya repetido y la haya introducido con “a un amigo de mi hermana le pasó que…” Y en verdad no recuerdo si era un amigo de mi hermana o un conocido de un amigo de ella, en fin, que para detectar un mito urbano es esencial prestarle atención a las filiaciones. Cuando la segunda persona me lo contó recuerdo haber pensado que seguramente el protagonista de la historia era la misma persona y había una relación entre mi interlocutor y mi hermana que yo no conocía. Ya la tercera vez que lo escuché supe que no podía ser otra cosa que un mito urbano, pero no tuve corazón para decirlo porque me lo contaban con tanto entusiasmo, como la historia del año. Forcé la sorpresa y la risa de humorada negra: oh oh ja ja ja oh.
Resulta que un muchacho, a quien llamaremos Juan, vivía en una pensión, probablemente de Córdoba. Era estudiante y casi siempre estaba fuera. Rara vez se topaba con la dueña de la casona, que era una viejita muy buena y dulce. Había enviudado hacía años y era especulación de todos los arrendatarios que estaba sola en el mundo. Sola salvo por su lorito, que vivía en una gran jaula en el patio y al que insistentemente enseñaba palabras y llenaba de comida. Una vez que la viejecita no estaba en casa, el muchacho recibió la visita de un amigo, a quien llamaremos Esteban, que se trajo a su perro. Se pusieron a tomar mate en la cocina comunitaria y a charlar. Oscurecía y el mate trocó en cerveza y así siguieron, sin notar que el perro hacía rato que no estaba junto a ellos. En eso entró con el loro muerto dentro del hocico. (más…)
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La gran Fogwill
Septiembre 9, 2008 · 5 comentarios
Una vez me mandaron a cubrir la entrega de los premios nacionales en artes y ciencias al Palais de Glace. Se dejaron de dar durante varios años (Menem lo hizo) y volvieron por el 2005. El sitio estaba lleno de gente y yo tenía que tomar testimonios de dos o tres artistas y en eso lo vi a Fogwill y pensé: éste. Me le acerco: hola, felicitationes, qué tal, qué tal, estoy haciendo una nota para bla bla, ¿puedo? claro. Van entonces las dos o tres preguntas y sus dos o tres respuestas. Él estaba rodeado de su alegre y muy mujeril familión. Terminé de entrevistarlo y me quedé de brazos cruzados, con mi grabador analógico en pausa y sonrisa de boba, pensando en Vivir afuera pero con poca vena para ponerme cholula en ese momento. Así que, como para decir algo antes de irme, le pregunté: “¿Y qué va a hacer con la plata? (el premio era de diez mil pesos) “¿Comprarle una Nintendo a su nietito? “, refiréndome al nene que andaba pululando a su alrededor. Así fue como se le agrandaron esos ojos claros que tiene y abrió la boca en una mueca de risotada fogwilliana; aclamó a todo su familión alrededor, como vendedor de elixires en pueblo nuevo, y gritó: “¡Escuchen lo que me pregunta esta piba! Si voy a comprarle una Nintendo a mi nietito”. Todos (as) me miraron en silencio, desde arriba, pues todos (as) eran más altos que yo, sobre todo en ese momento, en el que me encogía a una velocidad pasmosa. Estaba segura de que Vera Fogwill sacaría de atrás un bonete con la inscripción “sucker” y me lo pondría en la cabeza, aunque no sabía todavía muy bien por qué. Entonces el padre se me acerca bien a la cara y me dice: “No, querida, voy a comprarle una PlayStation a mi hijo“.
Jaja… Ups.
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Ma ville
Agosto 24, 2008 · 4 comentarios
El jueves pasado, a eso de las 19.30, me tocó caminar por Agüero desde Córdoba hasta J.M. Gutiérrez. Ya estaba oscuro y salvo por las avenidas, no había mucho escándalo en las calles. Los bocinazos se disuelven no bien cruzada la bestialidad de Córdoba. Eso tienen ciertos barrios: atravesado un umbral tácito, se entra a The Truman Show. Las luces de los edificios se van encendiendo a tu paso: “hola qué tal, hola qué tal, bienvenida a mi limpia vereda sin caca de perro”.
La lectura alternativa es: “te estamos mirando, no te mandés ninguna”.
Las entradas de los edificios están decoradas por el consorcio, pienso. Tienen lámparas de diseño y silloncitos. Capaz alguien, alguna vez, se sienta sobre ellos. Ponerse de acuerdo sobre cuándo cambiar el mobiliario y con qué criterio ha de ser una ocupación a la que antecede una carta bajo la puerta de los departamentos: “Reunión por renovación de entrada. Cítense a los residentes sab 2 nov 18.30 hs. Inquilinos abstenerse”. Podrían obviar del aviso a quienes alquilan, sólo alcanzárselo a los dueños, pero en edificios así conviene marcar terreno una vez cada tanto. Los ascensores, al final del corto pasillo (los largos pasillos no ocurren en esos edificios) brillan como espejos y brillan como el piso y no se ve al cuidador por ningún lado.
Hay pocos y precisos negocios a lo largo de Agüero, entre Córdoba y J.M Gutiérrez. Una verdulería con manzanas redondas y crocantes, “para que todo el que las viera sintiera deseos de comerlas”, como en Blancanieves. Naranjas gordas y jugosas, papas y batatas sin tierra y tolditos verdes o rojos que proyectan una sombra fresca sobre las frutillas y los potes de castañas de cajú. Hay un Deva’s donde venden jardines zen, rocas energéticas y libros sobre cómo descubrir la propia espiritualidad. La propia, no la ajena. (más…)
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Georgia
Agosto 10, 2008 · 1 comentario
Una de las personas que más quiero en el mundo vive en Tbilisi, la capital de Georgia. La conocí en el año 2003, nos volvimos a ver en el 2005 y luego en el 2007. Nos va a tocar vernos, entonces, en el 2009. En eso hemos quedado, porque así, parece, está planeado. Cada dos años. No conozco Georgia más que a través de su elocuencia. Ella ama a su país, que tiene un idioma único, una vida cultural riquísima, una identidad fuerte y una historia sangrienta. Stalin nació en Georgia. Georgia fue parte de la Unión Soviética, así que todos hablan ruso también. Y si necesitan visados -para viajar a Argentina por ejemplo-, tienen que pasar por Moscú.
Mi amiga es la persona más fuerte que conozco. Es psicóloga, y con sólo 29 años preside el Centro Georgiano para la Rehabilitación Médica de Víctimas de la Tortura. Su esposo es considerado uno de los mejores escritores de su país. En 2007, después de un festival en Holanda, algunas de sus poesías fueron traducidas al inglés y pueden leerse acá.
Ahora Putin y Medvédev bombardean Georgia por aire. Hasta el minuto en el que escribo, los bombardeos ocurrían a sólo unos 100 kilómetros de Tbilisi, donde ellos viven, duermen, crían a su hijo. Donde están sus padres, sus amigos, y todo lo que ese país ha podido construir a través de su historia de ocupación, dislocación, revolución. Rusia nunca se resignó a la pérdida territorial después de la caída del comunismo. Y ahora, para proteger a los rusos de Osetia del Sur, eligen bombardear Georgia. ¿Desde cuándo la administración rusa, compuesta por alcohólicos viciosos y psicópatas, quiere proteger a su propio pueblo? ¿No vimos el desastre en el teatro de Moscú en 2002, el desastre en la escuela de Beslan en 2004? ¿No vimos cómo asesinaron de un tiro a la gran periodista Anna Politkóvskaya, cómo asesinaron con polonio a Aleksandr Litvinenko, ex miembro de los Servicios de Seguridad rusos, que denunció los horrores secretos de la gestión de Putin? ¿No conocemos el desastre de Chechenia, que por sus aspiraciones independentistas, las mismas que puede tener Osetia, ha sido condenada al asesinato y al olvido?
Mi amiga adora a Dostoievski, adora a Zemphira, una cantante rusa. Rusia es parte de sí misma, no odia a ese país. Nadie como ella sabe que el odio es una enfermedad incurable, infinita. Recibe en su instituto a niños chechenos que se dibujan a sí mismos disparándole a Putin, sangre salpicada por todas partes. Recibe a ancianos que fueron torturados durante la era estalinista, y que ya no pudieron volver a vivir porque no pudieron dejar de odiar. Y cómo, es cierto, cómo dejar de odiar después algo así.
Ojalá que la situación de violencia en Georgia termine ya, por el amor que le tengo a mi amiga, por el país que ella ama, y por el deseo de que no sigan cultivándose más semillas de odio en este mundo.
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Mitos urbanos II: La novia y el microondas
Agosto 9, 2008 · 7 comentarios
Este posible mito tiene dos versiones. Cuento la primera, tal como me la contaron a mí.
Era el boom de los microondas; todos querían uno, pero nadie sabía a ciencia cierta cómo usarlo, o más bien, cómo “explotar sus capacidades totales”. Debido a que el recetario que venía con el aparato parecía, cómo decirlo… demasiado aséptico, aparecieron libros de Blanca Cota y de otras cocineras vernáculas explicando cómo hacer un pollo al microondas, una torta al microondas, un guiso de lentejas al microondas, un etc. al microondas. Las amas de casa, sin embargo, nunca tuvieron paciencia suficiente para cambiar el registro del horno tradicional, y, hasta hoy, el aparato se utiliza sobre todo para calentar el café o descongelar las costeletas. Aparte de este fracaso, del que misteriosamente nadie habla, vino a embarrar el panorama el fantasma de la novia que estaba apurada por llegar a la iglesia y tenía que secarse el pelo. Con el vestido puesto y todo, no tuvo mejor idea que meter la cabeza en el hornito blanco, poner 2 minutos de cocción, y freírse, en consecuencia, el cerebro.
Yo era más bien chica y me tragué la historia. Tiempo después, no obstante, comencé a encontrarle fallas. La primera: ¿cómo una novia de iglesia y vestido se lava el pelo en su casa? ¿Acaso no contempló entre los deberes ceremoniales el de ir a la peluquería? La segunda y obvia: el horno microondas no funciona con la puerta abierta.
Y ahí es cuando aparece la segunda versión: la chica no metió su cabeza, sino sólo su largo cabello, y cerró la puerta. Cabeza fuera, pelo dentro. Es posible. Y la cercanía de su cráneo con el aparato fue letal.
Este mito urbano, más bien noventoso, no podría ser creído por nadie hoy en día. Sin embargo, y por un interés tanto estadístico como atropológico, quisiera saber si algún visitante escuchó algo similar, y conocer su propia versión.
Próximamente: la viejecita, el loro y el perro.
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Tarea para el hogar
Julio 22, 2008 · 8 comentarios
Cass me envió tareíta para el hogar, y la verdad que me viene bien hacerla en este momento. Sigo las reglas al pie:
1. Escribir 14 “pequeñas cosas” que te hagan feliz
2. Copiar primero las reglas
3. Seleccionar 6 bloggers para que sigan con el meme
4. Avisarles a los bloggers seleccionados (y aguantarse después las puteadas).
Bueh, veremos cómo me va con los “bloggers seleccionados”. No creo que llegue a seis. Los puntos que siguen no están ordenados por preferencia. Acá van algunas de las cosas que me ponen contenta:
1. Ver Hannah y sus hermanas algo así como una vez cada cuarenta días. 2. Leer cuentos de Lovecraft que ya leí mil veces alguna vez por mes. 3. Encontrarme con mi familia todos los fines de año 4. El sonido invisible de la montaña. 5. Recibir un mail que estaba esperando. 6. Mirar la abandonada Torre del Molino, que me vengo a enterar, la proyectó Francisco Terencio Gianotti, el mismo de la galería Güemes, en la que se inspirara uno de mis cuentos preferidos de Cortázar: “El otro cielo”. 7. El café con leche. 8. Pensar mirando el mar (uf, hace cuánto que no hago eso). 9. Poder poner en práctica, de cuando en cuando, el ejercicio de “reductio ad absurdum”, o para el caso, el “ridiculus” de Harry Potter. 10. Cuando me sale, ver la ciudad con ojos de turista. 11. Tomar vino con Lela, escuchar insultar a Elisa, etc. 13. La banda sonora de Batman vuelve. 14. En general, los sábados.
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Dr. House o de cómo amargarle el día a un hipocondríaco
Junio 6, 2008 · 11 comentarios
La serie Dr. House debe ser terrible para los hipocondríacos… Siempre aparecen personas con enfermedades rarísimas, y el único capaz de dar con el diagnóstico adecuado, uno tirado de los pelos, invisible para los demás médicos y para los aparatos ultrasofisticados que hay en ese hospital privado yanqui, es Dr. House. Terrible, terrible pensar que uno puede ir con dolor de rodillas al Sanatorio Colegiales o al hospital Tornú, y que por ausencia de un Dr. House nadie se dé cuenta de que en realidad uno es alérgico a la quinina, o a un raro germen que se encuentra en el pelo de su pareja, o que sufre una infección terminal al hígado contraída por el diario contacto con un teclado de computadora de edificio público. Estoy segura de que varios médicos de muchos países diferentes, reciben periódicamente pacientes que creen tener alguna enfermedad de la que se enteraron en Dr. House. Yo, si fuera médico, organizaría alguna protesta contra las series de médicos. Pero como no soy médico ni tampoco taaan hipocondríaca y Dr. House me parece sexy… pos lo sigo viendo.
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Lo que entró en el día
Mayo 23, 2008 · 3 comentarios
Gris. Así tiene que estar Buenos Aires para combinar consigo misma. Primero me fui a depilar y me tocó con la tucumana, que siempre me cuenta historias macabras de política, probablemente ciertas. Está pendiente un estudio sobre las conexiones subterráneas entre poder y peluquerías. En la estación José Hernández una chica muy mona me preguntó si me interesaba recibir información sobre un Jardín Cementerio Privado. La cara que habré puesto. No, perdón, no gracias, no me gusta pensar en eso, ahora no, le dije, y me subí al subte y la angustia se sentó al lado mío. Se había nublado cuando llegué a la obra social para hacer un trámite tonto que al final llevó una hora. Más tarde, en el trabajo, me contaron la trágica vida de Felicitas Guerrero. También me enteré del éxito que tiene mi ex más maligno y medio que me dio bronca por la bronca que me dio. Comí una empanada de jamón y queso y otra de carne y mi jefe me pidió que lo reemplazara en una reunión en la que Ibarra se sentó justo a mi lado. Garabateó una flor de cinco pétalos con una carita en su centro; también un sol de ocho rayos enmarcado en sucesivos rectángulos. A la salida me llamaron para preguntarme la fecha de cumpleaños de una amiga y yo sólo me acordaba que había sido el día de la nieve en Buenos Aires. “Parque Lezama parecía una pista de esquí”. No sirvió el dato. Llego a casa y tengo de nuevo I-Sat y Fox. Hoy a la noche veré otra vez Hanna y sus hermanas. Y eso me pone muy contenta.
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Donde estés habrá música
Mayo 6, 2008 · 1 comentario
Vamos a extrañar tus pilas, Laura. Vamos a extrañar tus anécdotas bizarras, tu manera de hacernos reír. Vamos a extrañar tus programas de radio, tus revistas, tus fiestas, tu voluntad de armar proyectos, de armar equipo. Los días pasan y de a poco nos damos cuenta, yo me doy cuenta, de que te fuiste. Pero nos has dejado tanto que tenemos Laura para rato, para siempre. Ojalá que, desde donde estés, sientas todo el amor que te tenemos; ojalá te estés burlando de nosotros con tu incorrección política y tu gran inteligencia, ojalá sigas, desde donde estés, escandalizándote por los males de este mundo, y empujando para que podamos arreglar algo.
Lo que es seguro es que donde estés habrá música. Y quienes te recordamos te recordaremos siempre con un fondo musical, el mundo que tanto adorabas.
Un abrazo, querida Laura.
La amiga periodista, radiofílica y musicómana Laura Araujo nos dejó el 4 de mayo. Una pionera de los medios jóvenes en Mendoza, será recordada siempre por sus amigos, colegas y radioescuchas.
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