Empezó con una recreación de Los Pájaros de Aristófanes, en un tiempo en que no había tierra, sólo aire y pájaros que volaban en círculos y círculos. Entre ellos, una alondra. Un día, su padre murió. Y fue un gran problema, porque, ¿qué hacer con su cuerpo, si no había tierra? ¿Dónde dejarlo, si sólo hay aire? La alondra tuvo, al cabo, una idea: lo enterraría detrás de su propia cabeza. Y así comenzó la memoria…
Cuando Laurie Anderson habla, yo tiemblo. Me gusta la libertad con que teje pensamientos, sus abstracciones. La sutileza con que lo hace: tira de una idea como de un fino hilo de seda, que en el camino atrae otros hilos; arrastra distintos hilos que crean hermosas y redondas texturas, sonidos únicos. Y esa voz grave, como un filo de fuego, de hielo, de agua. Puede hacer lo que quiera con esa voz, sin cantar. Puede hacer doler y reír.
Después de más de una hora de show, apareció Lou Reed. Cuando ya pensabas que no tendrías el privilegio de escucharlo cantar en vivo nunca, aparece de pronto Lou Reed. Thanks, thanks. Cantaron juntos “El perdido arte de la conversación”. Uf. Eso mismo.



