Una de las personas que más quiero en el mundo vive en Tbilisi, la capital de Georgia. La conocí en el año 2003, nos volvimos a ver en el 2005 y luego en el 2007. Nos va a tocar vernos, entonces, en el 2009. En eso hemos quedado, porque así, parece, está planeado. Cada dos años. No conozco Georgia más que a través de su elocuencia. Ella ama a su país, que tiene un idioma único, una vida cultural riquísima, una identidad fuerte y una historia sangrienta. Stalin nació en Georgia. Georgia fue parte de la Unión Soviética, así que todos hablan ruso también. Y si necesitan visados -para viajar a Argentina por ejemplo-, tienen que pasar por Moscú.
Mi amiga es la persona más fuerte que conozco. Es psicóloga, y con sólo 29 años preside el Centro Georgiano para la Rehabilitación Médica de Víctimas de la Tortura. Su esposo es considerado uno de los mejores escritores de su país. En 2007, después de un festival en Holanda, algunas de sus poesías fueron traducidas al inglés y pueden leerse acá.
Ahora Putin y Medvédev bombardean Georgia por aire. Hasta el minuto en el que escribo, los bombardeos ocurrían a sólo unos 100 kilómetros de Tbilisi, donde ellos viven, duermen, crían a su hijo. Donde están sus padres, sus amigos, y todo lo que ese país ha podido construir a través de su historia de ocupación, dislocación, revolución. Rusia nunca se resignó a la pérdida territorial después de la caída del comunismo. Y ahora, para proteger a los rusos de Osetia del Sur, eligen bombardear Georgia. ¿Desde cuándo la administración rusa, compuesta por alcohólicos viciosos y psicópatas, quiere proteger a su propio pueblo? ¿No vimos el desastre en el teatro de Moscú en 2002, el desastre en la escuela de Beslan en 2004? ¿No vimos cómo asesinaron de un tiro a la gran periodista Anna Politkóvskaya, cómo asesinaron con polonio a Aleksandr Litvinenko, ex miembro de los Servicios de Seguridad rusos, que denunció los horrores secretos de la gestión de Putin? ¿No conocemos el desastre de Chechenia, que por sus aspiraciones independentistas, las mismas que puede tener Osetia, ha sido condenada al asesinato y al olvido?
Mi amiga adora a Dostoievski, adora a Zemphira, una cantante rusa. Rusia es parte de sí misma, no odia a ese país. Nadie como ella sabe que el odio es una enfermedad incurable, infinita. Recibe en su instituto a niños chechenos que se dibujan a sí mismos disparándole a Putin, sangre salpicada por todas partes. Recibe a ancianos que fueron torturados durante la era estalinista, y que ya no pudieron volver a vivir porque no pudieron dejar de odiar. Y cómo, es cierto, cómo dejar de odiar después algo así.
Ojalá que la situación de violencia en Georgia termine ya, por el amor que le tengo a mi amiga, por el país que ella ama, y por el deseo de que no sigan cultivándose más semillas de odio en este mundo.
